¿Cómo nos educaron a quienes hoy somos padres o abuelos jóvenes?

 Por Dra. Zaida Alicia Lladó Castillo

 


 

Creo que esa generación, como la mía, que nos casamos en el lapso de 20 a 35 años atrás, que fuimos formados en familias de clase media, que teníamos expectativas que no ambiciones enfermizas, que vimos crecer nuestras ciudades, que acumulamos amigas y amigos no importando clases sociales ni económicas,  que estudiamos en universidades públicas, que vivimos la época en donde los grandes genios de la música rock, pop, heavy metal, country, etc., hicieron las melodías que después de 40 años nuestros hijos aun disfrutan, etc., creo y lo digo sin presunción, fuimos formados para SER FELICES. ¿Y porque digo esto? Porque en la medida de que fuimos jóvenes espontáneos, creativos, decididos, formados con valores y principios y lo supimos aprovechar en la responsabilidad y el respeto, pudimos ir construyendo un proyecto de vida serio y formal en su momento, lo que a muchos nos permitió poder llegar a la edad madura con grandes satisfacciones familiares, profesionales o simplemente personales.

 

¿Pero cómo nos educaron nuestros padres? Pues como decía antes, el secreto es que nos educaron PARA SER FELICES, y eso incluía:

 

1.-Darnos responsabilidades desde muy jóvenes, primero desde la casa.  Así que era normal que nos hicieran ciertas exigencias: levantarte temprano, tender la cama, arreglar la ropa, ayudar a las labores de la casa, cuidar al hermano (a) menor, cuidar los zapatos, etc., teniendo que hacerlo aun contando con alguien en el servicio, ya que las obligaciones no cambiaban. Además de hacer la tarea y si se podía, ocupar el tiempo libre en algo que generara ingresos. Dinero que era sólo para sí mismo o que servía para adquirir algo que necesitara la familia con urgencia.

 

2.-Diversificar el conocimiento y los oficios. Nuestros padres no sólo nos permitieron estudiar la carrera a la que nos íbamos a dedicar, sino que respetaron que diversificáramos conocimientos y actividades y era, porque sabían que tarde o temprano, todo lo que aprendiéramos nos iba a servir. Por eso, además de avanzar en la educación formal, podíamos conformar nuestro gusto por la danza o la música, hacer deporte, estudiar una carrera corta, trabajar, etc., Todo ello, permitió la autonomía,  la autosuficiencia y fortaleció la seguridad personal y sirvió posteriormente para actuar como profesionistas maduros y responsables.

 

3.- Respetar a las personas mayores y a quienes ostentaran una autoridad en nuestra familia y en la sociedad. Nuestros padres nos enseñaron  el respeto a los mayores y a la autoridad. Ello como norma de convivencia muy efectiva, y sin duda, eso permitió que cuando fuéramos mayores, pudiéramos saber dar y exigir respeto. Es decir, en la medida en que fuimos enseñados a ser respetuosos y lo proyectábamos a otros, pudimos también aprender a recibir respeto de nuestros semejantes.

 

4.-Obligarnos a convivir con gente en armonía. Esa fue una gran regla, que empezaba en casa, en la forma de llevarse entre hermanos. A veces había diferencias pero nos enseñaron entender al de enfrente, aunque no nos gustara lo que dijera o pensara, así como inculcarnos el valor de la unidad y el apoyo mutuo. Nos enseñaron a ser honrados para poder conservar un lugar digno en nuestro medio. Eso permitió que nos integráramos con facilidad a los grupos de compañeros y amigos. Quienes estudiamos en centros educativos públicos, la relación con jóvenes de todos los niveles sociales y económicos era constante. No había presunciones, lo mismo jugábamos juntos basquetbol,  ricos o pobres. Podíamos visitar amigos y amigos a sus casas sin mayor problema o viceversa. Todos nos sabíamos comportar y respetar.  Nuestras diversiones eran de convivencia directa y de contacto: juegos de mesa, ir al cine con las amigas o amigos; ir a fiestas particulares, 15 años o bailes  o festejos tradicionales en la ciudad, etc. Nuestro mayor pecado era fumar en público o subirse al carro del novio.

 

Todos nos conocíamos y nos dábamos afecto, éramos muy felices. En esas épocas surgieron los amigos y amigas para siempre. Y fueron tiempos donde conocimos los primeros amores y sufrimos las primeras decepciones, que con facilidad olvidamos porque, también a eso nos enseñaron nuestros padres, a que nuestras emociones se fortalecieran ante el dolor, el castigo o el sufrimiento.

 

Sin duda los ciudadanos que nos tocó esa época,  fuimos privilegiados porque vivimos las ciudades cuando eran chicas, en extensión y población. Tuvimos la suerte de aprender a ser poco pretenciosos, ser más espontáneos y a valorar lo que realmente llena: la verdadera amistad y todos aquellos valores y comportamientos que ahora se extrañan en la conducta de los jóvenes y en nuestra sociedad.

 

Los jóvenes de los 70s que somos los adultos de hoy, que supimos lo que era la creación de las cosas y no sólo lo reproducción de las mismas, que aprendimos tanto a defendernos como a conquistar cara a cara y no a través de un medio electrónico, etc., tuvimos muchos motivos para ser felices. Quien no lo fue, es porque no aprovechó las oportunidades que sus padres les pusieron en charola de plata, porque aun con carencias muchos pudieron cubrir sus metas.

 

Por eso me siento muy orgullosa de ser de esa generación setentera que creció y maduró cultivando el ánimo y la emoción de manera adecuada y permitió que pudiéramos apreciar lo bello y sencillo en la música, en la cocina, en el arte, en la vestir, en el convivir, incluso en la forma de dar afecto y amor. Por eso aun siendo ya maduros hoy, NOS VEMOS JÓVENES, porque cuando se ha sido feliz, es una marca que no se te quita nunca.

 

Pero… ¿porque ser tan egoístas de disfrutar sólo ese recuerdo? ¿Por qué no verlo o hacerlo realidad con las nuevas generaciones?  De esas generaciones de los 70s, debe surgir la iniciativa de cambiar las cosas. Así como transformamos las ciudades en metrópolis, así como fuimos cambiando las instituciones para hacerlas gigantes, así como logramos que las disciplinas avanzaran, etc., entonces recompongamos lo que no hicimos bien y hagamos el esfuerzo de cambiar a nuestros jóvenes, para que también ellos aprendan a ser felices.  Porque muchos de ellos, aun teniendo todo lo material, no lo han sido nunca.

  

Propongámonos entonces, hacer lo imposible para que nuestros hijos, sobrinos, alumnos, etc., estén educados para vivir bien y en armonía. Y para que a su vez puedan ser buenos modelos para las generaciones siguientes.  Porque no se puede mejorar el futuro sino cambiamos el presente.

 

Les deseo que el  2012 sea el mejor año de su vida.

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