¡A lavarse las manos! Cómo la economía del comportamiento podría mitigar el avance del coronavirus

Coronavirus
Por Florencia Lopez Boo |Gente Saludable

Con más de 125.000 casos confirmados y 4.600 muertes en por lo menos 118 países, el COVID-19, comúnmente llamado “coronavirus”, se ha instalado como la última amenaza tanto a la salud como a la economía global. Sin el desarrollo de vacunas hasta el momento, la prevención aparece como única medida para evitar su transmisión. El lavado frecuente de manos, cubrirse nariz y boca con el codo o un pañuelo al toser o estornudar, y mantener la distancia con otras personas en los ambientes públicos están entre las principales recomendaciones de los organismos de salud como el Centro de Control de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés)  de los Estados Unidos.

La economía del comportamiento ha explorado recientemente intervenciones que han potenciado estas conductas preventivas. La procrastinación (“dejar todo para mañana”), el olvido o la falta de atención muchas veces pueden dificultar su puesta en práctica. Por ejemplo, si bien evitar tocarse ojos, nariz y boca se encuentra entre la lista de recomendaciones para evitar la propagación del virus, un estudio de 2015 muestra que en promedio nos tocamos la cara 23 veces por hora.

Un estudio publicado este viernes por Haushofer y Metcalf de la Universidad de Princeton resalta que intervenciones de economía del comportamiento como la instalación en hogares de máquinas expendedoras de jabón de bajo costo,  encajar juguetes en el jabón de los niños o promocionar campañas de higiene basados en mensajes emotivos han demostrado ser muy efectivas para promover el lavado de manos. Los autores apuntan a dos características del proceso de contagio de las enfermedades infecciosas para incrementar la efectividad de este tipo de intervenciones.

En primer lugar, la dinámica no linear en la transmisión de la infección. Los modelos epidemiológicos sugieren que incrementar la proporción de la población cubierta por una determinada intervención preventiva en una comunidad (“la saturación”) reduce la incidencia de la infección más que proporcionalmente debido a los efectos de la protección indirecta – cada persona cubierta reduce el riesgo de exposición a la infección para aquellos vecinos con los que se encuentra (ver figura 1). En el caso del COVID-19 se espera que los retornos a la saturación sean grandes y crecientes. Esto se logra no sólo incrementando el número de personas que reciben la intervención, sino también cuando los “buenos comportamientos” se transmiten de individuos tratados hacia otros que pueden también ponerlos en práctica. Para los autores, dirigir la intervención entonces a personas que son centrales en una red, o “buenas” en distribuir información entre pares, o que pueden incrementar su “diseminación” es crucial. 

Figura 1

Fuente: Haushofer, J. y Metcalf, J. (2020) Combining behavioral economics and infectious disease epidemiology to mitigate the COVID-19 outbreak. Consultado en: www.princeton.edu/haushofer/publications/Haushofer_Metcalf_Corona_2020-03-06.pdf

Hay que resaltar que, así como la información y los comportamientos se “viralizan”, el miedo también lo hace. El temor al COVID-19, un nuevo virus con una alta cifra de contagio que puede ser letal, es real. Si bien esto significa que la población presta mayor atención tanto al avance del brote como a las conductas a tener en cuenta para evitar su transmisión, es importante evitar el pánico.

Actualmente, vemos que hay desabastecimiento de alcohol en gel, trapos desinfectantes y hasta barbijos. De hecho, el estado de Nueva York decidió comenzar a producir su propio alcohol en gel ante la falta de aprovisionamiento. En un reciente posteo, Cass Sunstein, autor de “Nudge”,  apunta a la “negligencia de la probabilidad”, es decir, la razón por la cual las personas tienen una percepción exagerada de su propia exposición al riesgo asociado al COVID-19. Esto implica que cuando un hecho desencadena emociones negativas, las personas se olvidan en la probabilidad de ocurrencia y solo se centran en el potencial resultado. Sunstein subraya la relevancia que la población vuelva a pensar en términos de probabilidades para evitar que el miedo – y el costo asociado al mismo- se extienda más de lo necesario. Podría pensarse entonces que las intervenciones que se diseñen deben también tener en cuenta esta “negligencia de la probabilidad” para causar los cambios deseados en el comportamiento sin subestimar el riesgo que el COVID-19 representa, pero manteniendo la calma.

La segunda característica del proceso de contagio de las enfermedades infecciosas resaltada por Haushofer y Metcalf es la dinámica temporal compleja en la propagación de la infección. Las intervenciones que reducen la transmisión del virus tienen efectos diversos en distintos momentos del brote. Si bien se espera que resulten en un menor número de gente infectada en total, puede que las infecciones se extiendan en el tiempo (en lugar de estar condensadas al momento de la aparición del virus). Esto implica que las intervenciones tienen que causar cambios en el comportamiento que se mantengan por un período prolongado y que para capturar el efecto completo de una intervención es necesario analizar el impacto en distintos momentos o utilizar bio indicadores que permitan medir si la persona ha estado expuesta al virus. Una intervención basada en la economía del comportamiento implicaría por un lado la oportunidad de provocar cambios permanentes que se traduzcan en nuevos hábitos con mayores beneficios en la salud a largo plazo, y por otro la reducción del riesgo de sobrecargar los sistemas de salud – lo cual es una enorme preocupación en el caso del COVID-19.

Cambiar ciertos hábitos es muy difícil, aun contando con la información necesaria. Intervenciones por parte del sector público dirigidas a cambiar conductas necesitan no sólo ser efectivas y eficientes sino que también requieren el apoyo de la comunidad y estar acorde al contexto institucional donde se aplican. Las intervenciones de la economía del comportamiento que lleven a mejores prácticas de higiene y prevención, en combinación con lo que sabemos de la epidemiología de las enfermedades infecciosas y las lecciones que apresuradamente estamos aprendiendo con la pandemia del COVID-19 serán parte del kit de herramientas en la búsqueda de soluciones para frenar el avance de esta nueva amenaza.

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