Alzhéimer, cómo saber si lo padeceremos (o si lo tenemos ya)

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Dónde he aparcado el coche, cómo se llamaba esa persona… Con la edad tenemos más despistes. ¿Son simples olvidos por los años? ¿O síntomas de alzhéimer? Nuevas investigaciones descubren la vinculación de nuestra salud cerebral con la limpieza de las células y con hábitos de nuestra vida cotidiana. Se lo contamos. Por María Corisco/ Fotografía: Alma Haser
XL Semanal Abc

«¿Está notando cambios en su memoria? ¿tiene entre 60 y 80 años? Quiere formar parte de una investigación científica?». Hace apenas un año, más de 1500 personas respondieron a este reclamo; se seleccionó a 400, que experimentaban lo que los expertos denominan ‘una disminución subjetiva de la memoria o de otras capacidades cognitivas’, es decir, la sensación de que algo en su cabeza no iba tan bien como antes. Pero en ningún caso tenían un diagnóstico de alzhéimer ni de otra demencia.

Hoy, estos 400 participantes forman parte de un proyecto de la Unidad de Investigación Clínica en Prevención de la Demencia, perteneciente al Barcelonaßeta Brain Research Center (BBRC), el centro de investigación de la Fundación Pasqual Maragall. Se les están haciendo pruebas cognitivas, de neuroimagen y genéticas. A partir de los resultados se calculará el riesgo de sufrir demencia en los próximos 5 años.

Los expertos hablan de ‘disminución subjetiva de la memoria’ cuando el paciente cree que su cabeza no va tan bien como antes

Este proyecto, pionero, pone el dedo en la llaga. En eso que tantos nos preguntamos: ¿cuándo me tengo que preocupar por un olvido? ¿Cuál es, en definitiva, la frontera entre la normalidad y la patología, entre la pérdida de memoria propia del envejecimiento y la demencia? «Hay una línea muy fina», explica José Luis Molinuevo, director científico del programa de prevención del alzhéimer del BBRC y director de la unidad en la que se está llevando a cabo este proyecto. «Investigar esa línea, que a menudo comienza a dibujarse de forma muy sutil, con una percepción subjetiva de que estás empeorando, es esencial para poder predecir si ese declive puede, o no, estar vinculado con una enfermedad».

Una enfermedad a la que, de forma genérica y errónea, tendemos a llamar ‘alzhéimer’. Según el World alzheimer report, se estima que en el mundo hay 50 millones de personas con demencia (800.000 en España); de ellas, ‘solo’ dos de cada tres están causadas por el alzhéimer. Se está viendo que cerca de un 30 por ciento de los casos diagnosticados como alzhéimer corresponden a otras patologías. Es el caso, por ejemplo, de la encefalopatía TDP-43, también llamada LATE. un consorcio de investigadores internacionales acaba de describir los criterios de diagnóstico de este nuevo tipo de demencia, que suele aparecer a edades muy tardías y que provoca en el paciente síntomas casi idénticos a los del alzhéimer. De hecho, se piensa que, en ancianos mayores de 85 años, habría tantos casos de LATE como de alzhéimer. Pero los cambios cerebrales son muy diferentes en ambas patologías, lo que nos hace pensar que también deberían serlo los tratamientos. Si aspiramos a curar la enfermedad, deberemos identificar aquello que la ha provocado. De ahí la importancia que cobra el trabajo con biomarcadores.

DIAGNÓSTICO A TIEMPO

Hasta hace 10 años, la única manera de diagnosticar el alzhéimer era mediante un estudio post mortem del cerebro. Era el modo de ver los dos grandes cambios fisiológicos que definen esta enfermedad: la presencia de placas de proteína amiloide y los ovillos de proteína TAU. Pero en vida del paciente solo se podía hacer un diagnóstico de probabilidad a partir de los síntomas de demencia del enfermo.

Hay 50 millones de personas con demencia (800.000 en España). Cerca de un 30 por ciento de los diagnósticos de alzhéimer son erróneos. corresponden a otras patologías

No poder hacer un diagnóstico certero hasta el fallecimiento era una complicación. Pero lo que traía de cabeza a los investigadores era la sospecha de que esos cambios fisiológicos, esas placas y ovillos, se iban formando en el cerebro durante décadas. Muchos años antes de que se tuvieran síntomas. Por eso era tan importante encontrar biomarcadores que permitieran predecir el alzhéimer antes incluso de que surgieran las primeras lagunas, los primeros olvidos. «Gracias a los biomarcadores, hoy podemos saber, bien mediante punción lumbar, bien mediante PET, si en el cerebro de una persona están ya las estructuras que definen esta patología. Si eso sucede, podemos saber que tiene alzhéimer, aunque no presente ningún síntoma», explica Molinuevo.

Sí. Las alteraciones del alzhéimer se van produciendo a lo largo de décadas. Y es solo en la fase final cuando aparecen los fallos cognitivos, los olvidos. Tal vez yo, mientras escribo este reportaje, ya tengo la enfermedad; tal vez en mi cerebro ya se están produciendo esos cambios. ¿Podría hacer algo? En realidad, no. «Todo esto forma parte de un marco de investigación. Aún no se puede trasladar a la clínica. Pero, además, la ausencia de tratamiento farmacológico genera una situación más compleja desde la perspectiva ética», asegura Molinuevo.

Una de las dudas en el tratamiento de esta enfermedad ha sido si las terapias fracasaban porque se aplicaban demasiado tarde. Hoy, los especialistas barajan dos escenarios: el primero es el que se conoce como ‘declive cognitivo subjetivo’, una fase preclínica en la que es el paciente el que sospecha que hay un deterioro en su cognición, si bien esto no implica necesariamente que vaya a evolucionar hacia una demencia o hacia alzhéimer; el segundo, un estadio más avanzado, es el deterioro cognitivo leve. En este último caso, los síntomas ya no son subjetivos: es una fase temprana de la enfermedad. «En esta fase, actuar con un fármaco es un poco tarde: ya hay cambios en el cerebro. Deberíamos ir a fases más tempranas y generar ensayos clínicos de prevención», dice Molinuevo.

Pero esto, que parece obvio, es muy complejo: se trata de actuar sobre población sana. Y las agencias reguladoras del medicamento quieren ver cambios clínicos antes de dar la aprobación a un medicamento. Si no tienes síntomas… ¿cómo va a haber cambios? El objetivo pasa, por tanto, por la prevención. Así, hace unos años, se creó un grupo de consenso internacional en declive cognitivo subjetivo; la idea es empezar precozmente a actuar en los factores de riesgo modificables. Entre ellos, la actividad física, una dieta nutritiva, un descanso reparador o la interacción social. También son factores de riesgo la presencia de otras enfermedades como la diabetes, la obesidad o las enfermedades cardiovasculares.

LA CIRCULACIÓN INFLUYE

El componente vascular del alzhéimer ha adquirido estos días protagonismo, cuando un grupo de científicos del Centro Nacional de Investigaciones Cardiosvasculares (CNIC), en colaboración con la Universidad Rockefeller de Nueva York, ha hecho público los resultados de una investigación que muestra que dabigatrán, un fármaco que se usa en pacientes anticoagulados, ha logrado frenar el alzhéimer en ratones genéticamente modificados. Como indica la doctora Marta Cortés -responsable del estudio-, «uno de los mecanismos que contribuyen al alzhéimer es la circulación cerebral. Ahora sabemos que el uso de tratamientos anticoagulantes orales podría resultar eficaz en enfermos de alzhéimer con tendencia procoagulante». Eso sí, prudencia: hay que dar el salto de ratón a humano. En cualquier caso, apunta el doctor Valentín Fuster, director del CNIC y coautor del estudio. «Todos los enfermos de alzhéimer deben prevenir factores de riesgo vascular».

Anticoagulantes orales han logrado frenar el alzhéimer en ratones. Todavía falta experimentarlos en humanos

Desde su laboratorio en Nueva York, donde es codirectora del Instituto Einstein para la Investigación del Envejecimiento, la española Ana María Cuervo trabaja también en prevención. Su campo es la limpieza celular como mecanismo para prevenir las enfermedades asociadas a la edad; entre ellas, el alzhéimer y muchas demencias. «Las células tienen un sistema de autolimpiado con el que pueden irse deshaciendo de la basura que generan. Este sistema se conoce como ‘autofagia’: se comen aquello que no les conviene y eso las ayuda a producir energía».

A medida que nos hacemos mayores, este sistema empieza a fallar. Ya no barre como antes. «En el caso del alzhéimer, sabemos que se produce una acumulación de proteína amiloide; si logramos que la autofagia funcione a los 80 igual de bien que cuando el paciente tenía 30 años, podrá seguir deshaciéndose de esa proteína, no se producirán estas placas y la enfermedad se ralentizará». Y añade: «Trabajamos con unos compuestos que activan la limpieza celular; se los estamos dando a animales y están manteniendo la memoria. Eso nos da esperanza».

También de ‘basura’ habla la neuróloga Maiken Nedergaard, quien descubrió el sistema glinfático del cerebro, un ‘servicio de recogida de residuos’ del cerebro. Gracias a este sistema, el líquido cefalorraquídeo arrastra los desechos y los lleva al sistema linfático para que puedan ser eliminados por el hígado y los riñones. Así limpia los depósitos de proteína beta amiloide y las proteínas TAU defectuosas. «Una disfunción en este sistema es propia del envejecimiento y de enfermedades del sistema nervioso central; entre ellas, el alzhéimer».

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