Tomado de  Revista de la Ganadería Norveracruzana

 

Órgano de Difusión

de La Unión Ganadera Regional del Norte de Veracruz

 

 

Europa era el nombre de la bella hija de Agenor, el ganadero, y Zeus se enamoró de ella. Mientras Europa jugaba a orillas del mar.

 

PÉ DE J. PAUNER

 

En el principio: el mito dice que el dios tonante, Zeus, miró una vez más a las hijas de los hombres. Europa era el nombre de la bella hija de Agenor, el ganadero, y Zeus se enamoró de ella. Mientras Europa jugaba a orillas del mar, en Tiro, Zeus se transformó en toro blanco como la espuma con grandes papadas y cuernos pequeños parecidos a gemas entre los cuales corría una sola raya negra. A Europa le llamó la atención su belleza y su mansedumbre. Pronto se encontró jugando con el animal y poniéndole flores en la boca y guirnaldas en los cuernos. Por fin montó en su lomo y le dejó amblar en la orilla. El toro entró al agua y comenzó a nadar a la vez que ella miraba aterrorizada cómo la costa iba quedando atrás, sosteniéndose con una mano del cuerno derecho y llevando en la otra un cesto con flores. El dios salió a tierra en Creta, entró a un bosque, tomó forma de águila y violó a Europa. Ella le dio tres hijos: Minos, Sarpedón y Radamantis. Con el tiempo Minos viviría otro drama: el del laberinto y el Minotauro, es decir, el toro de Minos, mitad hombre y mitad toro que el poeta Dante, en su desconocimiento de las antiguas imágenes griegas, imaginó con cabeza de hombre y cuerpo de toro, al contrario de cómo lo describe el mito: cuerpo de hombre, cabeza de toro. 

 

Borges dice en su artículo sobre el Minotauro en su Libro de los Seres Imaginarios: “El culto del toro y de la doble hacha (cuyo nombre era Labrys, que luego pudo dar “laberinto”) era típico de las religiones prehelénicas, que celebraban Tauromaquias sagradas”. Teseo, el héroe, penetra en el laberinto ayudado por el hilo que desenvuelve, para no perderse, sostenido por la princesa Ariadna, hija del rey, da muerte al Minotauro y se convierte en el primer torero mítico.

 

Teseo es, a la vez, el iniciado que conoce su propia virilidad (mira el rostro del Minotauro), pero es sostenido y guiado por la mujer, iniciadora y desencadenadora del deseo. 

 

La “taurocatapsia”, el salto al toro, era practicado por jóvenes gimnastas (hombres y mujeres) en la arena de Cnosos. Consistía, según un famoso fresco descubierto en las ruinas del palacio, en esperar al animal, que se acercaba embistiendo, cogerle por los cuernos, saltar por encima de su lomo y caer de pie. Es un antecedente ritual del toreo que mucho tiene de ceremonial de vida y muerte, de aquella danza en que la diosa (representada por el torero) seduce al dios convertido en toro y, mientras el toro va disminuyendo su vigor a fuerza de sangrar, transfiere su masculinidad al torero-diosa que termina matándole: así el universo viene a ser, de semen y sangre de toro.

 

Esta percepción polisémica (que tiene muchos significados simultáneos) del toreo como rito, fue tomada por Picasso en sus grabados sobre la Minotauromaquia: una niña conduce a un minotauro ciego. El hombre bestia se deja conducir porque la niña es virgen, es decir, es ajeno a su propia naturaleza carnal, animal, desatada.  Así, cuando el minotauro abra los ojos poseerá a la hembra pero su pago es muerte: su sangre (ese semen rojo) fertiliza el mundo y reafirma el orden humano que prevalece sobre la bestia.

 

De diosas y vacas: No, en el principio, antes que el Zeus solar, fue la luna. También la oscuridad. La oscuridad  prehistórica, la del tiempo. En una etapa que muchos arqueólogos e historiadores quieren negar, la del matriarcado, la mujer se adscribió a los misterios de la luna debido a sus ciclos menstruales porque todo lo que acontece en el cielo tiene su contraparte en la Tierra. En un principio la luna cornuda (creciente) se consideró emblema de los cuernos celestiales de una vaca sagrada capaz de hacer llover sobre los campos, es decir, de germinar el pienso del ganado, como apunta el erudito mitólogo británico Robert Graves, y formaba parte del corpus de creencias de los Argivos de la antigua Grecia. El mito de Europa puede ocultar en realidad una incursión griega hacia Fenicia desde Creta. El cronista bizantino Juan Malalas (Siglo VI), describe la llamada “Mala Noche de Tiro”:

 

“Tauro (toro), rey de Creta, atacó Tiro después de una batalla naval durante la ausencia de Agenor y sus hijos. Tomaron la ciudad esa misma noche y se llevaron muchos cautivos, entre ellos Europa; todavía se recuerda este acontecimiento en la Mala Noche que se observa anualmente en Tiro”.

 

Deduciendo a partir de textos escritos por el historiador Pausanias (Siglo II) que cita cómo el héroe Cadmo asumió la búsqueda de su hermana Europa y compró, en el camino, a unos vaqueros al servicio del rey Pelagonte una vaca con una luna llena blanca en cada ijada, la condujo al este a través de Beocia sin permitirle detenerse y por fin le permitió descansar en el lugar elegido dónde erigiría la ciudad de Tebas, descubrimos que la costumbre de liberar vacas sagradas para fundar ciudades no era práctica extraña. Troya y Antioquía se suponía que habían sido fundadas de esta manera. El lugar dónde la vaca se acostaba era el sitio que la diosa Atenea (como diosa lunar) escogía para levantarle un templo.

 

Y entonces llegó el toro: la explicación histórica de las sucesivas violaciones del Padre Zeus a las ninfas y a las mujeres humanas se explica a través de las invasiones helénicas del segundo milenio antes de Cristo (las de los aqueos, dorios, eolios y jonios patriarcales, que adoraban al sol y eran ganaderos) a territorios de tribus matriarcales (Tesalia y Grecia Central) que adoraban diosas lunares. Estos invasores habrían usado máscaras de toros cuando, en un ritual sagrado, practicaban casamientos con las sacerdotisas con máscaras de vacas.

 

De invasiones y conquistas: así, Europa (el continente, que no ya la ninfa), es hija del toro. España guardaría ancestrales ritos (fenicios, griegos, celtibéricos, romanos) que irían evolucionando en lo que conocemos como el toreo. Poco tiempo después de consumada la conquista de la Gran Tenochtitlan, Cortés festejó con una corrida de toros (año 1526), la primera de América, su victoria. Si recordamos que el cordero sacrificial es emblema del Cristo, comprendemos algo del toreo como ceremonia posterior a la misa católica. En un principio a los indígenas se les prohibió montar a caballo a excepción de los tlaxcaltecas que habían sido aliados de los españoles, lo que significa que sólo un puñado de nobles o gente acomodada podía ser vaquero.

 

El western, único género literario auténticamente estadunidense (llevado al cine y realzado hasta el grado del arte) consiste en describir de manera épica la exploración y apropiación de los territorios “del este” de los Estados Unidos (en realidad un concepto amplio que no siempre precisa una coordenada geográfica),  a la vez que el traslado del ganado por los vaqueros, tiene en su más remoto antecedente a la ganadería novohispana. Por esto, si existe un paralelo entre el western y algún episodio de la historia de México este no es, como se supondría, los años de la revolución sino la aventura de la conquista de los territorios del norte de la Nueva España por parte de los conquistadores y sus aliados tlaxcaltecas, más rica históricamente y más significativa (la fundación de Misiones católicas y de las ciudades mineras de Guanajuato y Zacatecas, así como la pacificación de los territorios llamados “La gran chichimeca”), a decir del historiador estadounidense Philip W. Powell autor de Soldiers, Indians & Silver, (en español, La Guerra Chichimeca, 1550-1600), un periodo que ha sido desaprovechado por los novelistas y los cineastas mexicanos pues uno de los motivos de explorar nuevas tierras era la expansión del ganado. La figura del cowboy que tanto tiene de mito fundacional para Estados Unidos surge de aquello que los vaqueros texanos enseñaron a los estadunidenses, cuando Texas era, primero, territorio de la Nueva España y luego un estado mexicano.

 

De sangre y de toros: los países hispanoamericanos bien pueden presumir de contar entre sus ganaderos a los mejores del mundo, sin embargo, la tribu de los Masái de Kenia y Tanzania, notables ganaderos, consideran que su dios Ngai (un dios solar) les ha otorgado todo el ganado del mundo por lo que la palabra que los agrupa, Masái, significa “dueños de todo el ganado (del mundo)”.

 

Al principio, Ngai, era uno con la tierra –dice su mito cosmológico-, y todo el ganado era suyo. Pero un día la tierra y el cielo se separaron. El ganado necesitó del producto de la tierra, y el dios, moribundo, envió abajo el ganado a la tribu Masái por medio de las raíces etéreas del sagrado árbol del higo salvaje, encomendándoles su cuidado. Por derecho divino, todo el ganado del planeta les pertenece. Una forma religiosa de justificar primitivas incursiones Masái para apropiarse del ganado de otras tribus, por supuesto.

 

De sangre y fortaleza física: los Masái ligan el cuello de sus bueyes, hacen una perforación en la vena disparando una flecha de punta roma, extraen dos litros de sangre y la mezclan con leche. La bebida se entrega a aquellos adolescentes que han sido circuncidados, a los enfermos o a los miembros desfallecientes de la tribu. Adivinamos en esta costumbre un ejemplo de lo que el antropólogo Sir James Georges Frazer denomina magia simpatética (lo semejante produce lo semejante). Un animal poderoso como el buey debe tener y transmitir a través de su sangre, su fortaleza física.

        

Desde África al mundo: primitivos rituales africanos pasarían a Egipto (Hathor, diosa del amor y la felicidad, esposa y madre de Horus, era representada como una diosa con orejas de vaca), y se sincretizarían con el tiempo con las creencias griegas. Por ejemplo, los Akan, son el resultado de una emigración al sur de bereberes libios, emparentados con los pobladores pre helénicos de Grecia. Llevarían sus cultos, sus danzas que representaban dramas cosmológicos y mitos lunares allá dónde fueran (reyes sagrados que mantenían amoríos con las reinas sacerdotisas lunares pero pagaban su amor con el sacrificio). Desde Grecia, la herencia de Roma y los cultos persas al dios Mitra (al que accedía una élite romana que sacrificaba toros) se extenderían, desde España, el país más taurino al resto de su imperio. Todo lo demás es historia y materia de la Historia.  

        

Cae la tarde después de la misa. En España y México es una tarde de toros y de sol, la representación de una danza cósmica, un ballet de muerte que fertiliza la Arena con sangre. Toro y torero, mujer y hombre. Un pasado mítico que resuena en cualquier acto ganadero. El recuerdo de que los dioses descendieron con forma de toro y crearon el mundo para que lo sostuviera el hombre a través de las sagradas vacas del sol… un reflejo neblinoso de creencias que se pierden en la negrura del pasado.   

             

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