El encuentro de los escritores con la ballena blanca

Cuatro escritores -Julia Navarro, Lorenzo Silva, Luis Alberto de Cuenca y Noemí Trujillo-, y José Ramón Sánchez, Premio Nacional de Ilustración, nos cuentan su particular viaje a través de las páginas de «Moby Dick»
Por Julia Navarro/Abc

La primera vez que vi a Moby Dick fue, claro está, ocupando la portada de un libro. Una ballena gigante y muy cerca en un bote un marinero arpón en mano con el rostro desencajado por la furia. Recuerdo la fascinación que sentí por el dibujo de la ballena blanca y la antipatía que me produjo la figura del capitán.

Pero vayamos por partes. Esa primera vez yo tenía once o doce años. En casa de mis abuelos los Reyes Magos se habían encargado de dejar, junto a algunos juguetes, unos cuantos libros para los nietos. Pero Moby Dick no era para mí sino para mi primo Lolo. Pero me llamó tanto la atención la imagen del arponero enfadado y la ballena blanca que le propuse a mi primo un intercambio: Moby Dick por El collar de la reina de Dumas. Teniendo en cuenta que a ambos nos fascinaba Dumas, y tanto Los Tres Mosqueteros y El Conde de Montecristo figuraban entre nuestros libros favoritos, estaba convencida de que aceptaría el trueque. Pero mi primo echó un vistazo a El collar de la reina y decidió quedarse con Moby Dick. No me lo prestó hasta el verano y me dijo algo así como «no sé si te va a gustar». Quise saber la razón y me explicó que la novela era la historia de una obsesión.

Leí Moby Dick y a ratos pensaba que mi primo tenía razón, que no me terminaba de gustar, que me agotaba la persecución obsesiva llevada a cabo por el capitán Ahab. Me estremecía su extremada dureza con la tripulación. Navegar con Ahab en el Pequod era como estar en la antesala del infierno. La verdad es que me puse del lado de Moby Dick. Me parecía que la ballena se defendía del ataque de los hombres, que luchaba por su supervivencia, de ahí su ferocidad. Discutía con mi primo, porque él no lo tenía tan claro como yo. Pero yo insistía en argumentar que la ballena estaba en el mar, que era su casa, y aquellos balleneros eran los intrusos, los culpables de haberla enloquecido.

Cuando terminé de leer la novela sentí alivio. En realidad no me había gustado mucho, la historia me había resultado opresiva. No fue hasta unos cuantos años después que volví a leer Moby Dick y entonces pude comprender todos los matices y el trasfondo de los personajes y de la misma historia. Comprendí que el capitán Ahab era uno de esos hombres capaces de sacrificarlo todo, incluidas vidas, por una idea, por un delirio.

Hace unos meses volví a encontrarme con el capitán Ahab. Fue en el teatro. El extraordinario actor que es José María Pou ha compuesto un capitán Ahab transmitiendo su locura, su mente atormentada y obsesiva. Y volví a sentir un escalofrío, preguntándome cómo pudo Herman Melville imaginar esa novela, y ese personaje. Leer Moby Dick es emprender un viaje iniciático al lado oscuro de la naturaleza humana. Un viaje estremecedor porque comprendes que tantas y tantas desgracias que han acaecido a la Humanidad a través de los tiempos han sido consecuencia de otros capitanes Ahab. Esa es la lección y por eso es una novela imprescindible.

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