Silvestre Revueltas: a 120 años de su nacimiento

Su hija Eugenia, académica de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, recuerda algunos pasajes decisivos de la vida del músico mexicano
Por Rafael López/Gaceta UNAM

Hermano de José, Rosaura y Fermín (los Revueltas abrazados por el talento), Silvestre, el compositor, se yergue inconmensurable en el horizonte creativo. Personaje de la vida cultural y artística mexicana de los años 30 y 40 del siglo pasado, cuando su generación se empeñaba en construir el país, se convirtió en un referente que ha trascendido la historia.

Para conmemorar los 120 años del nacimiento de este compositor y violinista, acaecido el 31 de diciembre de 1899 en Santiago Papasquiaro, Durango, su hija Eugenia, académica de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, recuerda algunos pasajes decisivos de su vida.

“Hace unos años, el maestro Roberto Kolb Neuhaus, un gran revueltiano, y los académicos de la Escuela de Extensión Universitaria de la UNAM en San Antonio, Texas, me invitaron a un homenaje que se le haría a mi papá, por lo que pude conocer su casa en esa ciudad, situada cerca de Hemisfair Park, en uno de cuyos muros pusieron una pequeña placa en su memoria”, informa.

Silvestre dejó Estados Unidos porque necesitaba ver a su gente. Y llegó a la Ciudad de México para vivir en una vecindad de Mixcalco con sus amigos Germán Cueto y su esposa Lola Cueto, así como con David Alfaro Siqueiros y Hermilo Novelo. Lo que quería él era estar aquí, en México. Nunca aceptó tener la nacionalidad estadounidense.

Como un idilio

Cuando Eugenia lee las cartas de su padre que se publicaron en el libro Silvestre Revueltas por sí mismo y en las que éste se refiere a ella como “Genito”, “Pipiluco” y “Cocorico”, se asombra.
“¿Esas palabras las dije o mi papá me las adjudicó? No sé. Lo que sí puedo decir es que nos amábamos, aunque los recuerdos que tengo de él –ninguno malo, todos buenos– sean como flashazos. Tenía afinidad con mi papá. Lo nuestro parecía un idilio. Lo idolatraba”, dice.

Un día, el doctor Héctor Mayagoitia, entonces director del Instituto Politécnico Nacional, organizó un homenaje a Silvestre e invitó a Eugenia.

“‘Quiero que esté presente’, me dijo. Hice un pequeño texto que me costó un gran esfuerzo. Nunca antes había escrito sobre mi papá. Puedo escribir sobre mi tío José, pero escribir sobre mi papá me duele. Apuntes para una semblanza de Silvestre Revueltas, de José, su hermano, es el texto más puntual sobre su vida. Un día le pregunté a mi tío: ‘¿Por qué no haces la biografía de mi papá?’ ‘No, porque me duele”, me contestó, y lo entendí.”

Amistad con Chávez

Cuando la política cultural del gobierno trazó las líneas para desarrollar y fortalecer todas las manifestaciones artísticas, los intelectuales y artistas mexicanos respondieron con muchas expectativas. Dos de los músicos que aportaron su enorme talento fueron Carlos Chávez y Silvestre Revueltas.

“Fueron grandes amigos, a pesar de que ideológicamente eran distintos: el maestro Chávez, obsecuente con el gobierno; mi papá, un rebelde. Con todo, se quisieron. Por lo que se refiere a la competencia artística entre ellos, fue fomentada más por sus contemporáneos que por ellos mismos. Recuerdo que en el homenaje por los 100 años del natalicio de mi papá comenzó otra vez la discusión. Criticaban de manera exagerada al maestro Chávez, por lo que dije: ‘Su labor para enriquecer la educación musical de los niños fue primordial.’ Lo puedo asegurar porque estudié en la Secundaria número 6, Sor Juana Inés de la Cruz, donde teníamos una clase de música y solfeo, y el maestro Chávez nos enviaba boletos para ir a los conciertos. Eran dos personalidades distintas. Es como pensar en Dostoievski y Tolstoi. Yo, como dostoievskiana, no niego la importancia de Tolstoi, pero mi amor profundo es por Dostoievski. Así le pasa a la gente con Revueltas y Chávez. Pero olvidemos este tema. Lo verdaderamente significativo es que son dos músicos gigantes, cada uno con su estilo y sus propuestas estéticas muy bien definidas”, indica la académica universitaria.

Viaje a España

Algunos estudiosos de la obra musical revueltiana consideran que el viaje de Silvestre a España en 1937 fue fundamental para que comenzara a desplegar su creatividad de madurez.

“Mi tío José contaba que un año antes llegó a la casa, modesta pero con piano, y encontró a mi papá trabajando (él lo hacía todo en la cabeza y luego lo transcribía). ‘Hermano, han asesinado a García Lorca’, le anunció. Entonces, mi papá empezó a componer el Homenaje a Federico García Lorca. Él no pensaba en la Madre Patria, sino en la República Española, en vencer al fascismo. Era profundamente antifascista”, señala Eugenia.

En Memorias de España 1937, Elena Garro narra: “Todo iba viento en popa. Se había abierto la exposición mexicana y Silvestre Revueltas debía escribir México en España, el himno de los combatientes mexicanos, y Homenaje a García Lorca para diez instrumentos. […] ¡El acto era muy serio! Sin embargo, Revueltas […] ¡no hacía nada!”

Se trata de un episodio del alcoholismo de Silvestre que la escritora poblana no comprendió, debido a lo cual dibujó un retrato superficial e irrespetuoso del compositor.

“Lo entiendo. A la muchacha Garro le fastidiaba que la dejaran cuidando a mi papá. Pero si uno lee ese libro con atención, puede darse cuenta de que ella fue conociéndolo poco a poco, hasta que al final él se convirtió en el protagonista de la historia… Siento que la derrota de la República Española fue lo último que mi papá pudo soportar. La muerte de hijos, el hambre, la miseria, el alcoholismo, todo se le juntó y ya no pudo más. Aunque también sabía estar alegre. Él iba de la depresión a la fuerza y el grito, y tenía lo que en aquel tiempo se consideraba el espíritu revolucionario.”

Legado musical

La académica universitaria alienta un proyecto para que el legado de su padre sea resguardado y difundido.

“Por iniciativa de mi tía Rosaura, quien por muchos años fue mi tutora, la Universidad de Filadelfia recibió bajo resguardo una parte de los microfilmes con la música de mi papá. Ella era la única que tenía los recursos económicos y las relaciones para hacer algo así. Habló con el compositor y violinista alemán Paul Hindemith, y se hizo la entrega. Otra parte de esos microfilmes, que estaba en la UNAM, la llevamos a la Universidad de La Habana, en Cuba, cuando el gobierno revolucionario rindió homenaje a mi papá. De ahí en adelante empecé a evaluar qué institución podría resguardar todo su legado. No quiero entregarlo a Estados Unidos, me niego, y menos aun venderlo. La fascinación por los dólares es bonita, pero no se puede comerciar con el padre”, apunta Eugenia.

En relación con las obras inéditas de Silvestre, está en proceso una investigación a cargo de Kolb Neuhaus; uno de sus objetivos es hacer una edición crítica de ellas, lo cual requiere un esfuerzo descomunal.

“Neuhaus y yo hicimos un proyecto para la UNAM: él sobre la música y yo sobre la parte histórica. En cuanto a la música, aún hay partituras de la primera etapa de mi papá que no se han tocado.”

Hace 40 años, un joven revueltiano encontró en la catedral de Durango unas piececitas juveniles que Silvestre escribió a los 16 años para su maestra de piano. No son importantes, pero muestran a un muchacho en proceso de encontrar su propia voz.

“Hay varias obras de mi papá que no se tocan y otras que se tocan demasiado porque a la gente le gustan: Batik, 8 x radio, Sensemayá… A mí me encanta Planos porque es de vanguardia, y también el Homenaje a García Lorca. Sin embargo, cuando muera, quiero que me toquen Duérmete, clavel”, comenta Eugenia.

La última obra

La coronela fue hecha por encargo del Instituto Nacional de Bellas Artes para la coreógrafa Waldeen von Falkestein, quien estaba preparando un ballet.

“Mi mamá, Ángela Acevedo –una veracruzana alegre que estudió música hasta tercero de conservatorio y le dio a su esposo algo que éste no tenía: el gozo de la vida–, me contó que ella entregaba lo que mi papá iba escribiendo. Cuando mi papá murió, se complicó la situación porque el encargo pasó a propiedad de Bellas Artes. Yo le di autorización a Enrique Diemecke para que revisara la partitura de esta obra inconclusa, tomara algunos pasajes e hiciera su propia versión. Pienso que fue un poco lo que sucedió con Ravel y su versión de Cuadros de una exposición, de Mussorgski. Una buena propuesta sería que un revueltiano experto en las estrategias compositivas de mi papá hiciera la versión que hubiera podido ser.”

Por lo pronto, Eugenia está convencida de que la música de su padre es para el pueblo mexicano, de modo que no la entregará a ninguna institución extranjera.

“La única institución que me da confianza es la mía, la UNAM, por eso quiero que la obra de mi papá quede bajo su resguardo”, finaliza.

Recuadros:

Fuerza sabia y fresca

A los 29 años, Silvestre ya era un compositor de genio. El escritor cubano Juan Marinello, en su Imagen de Silvestre Revueltas, escribió: “Tuve el privilegio de conocer al músico genial en sus días mejores, cuando su fuerza sabia y fresca le definía la final estatura…”

Herida en la cara

Silvestre tenía una terrible herida en la cara como consecuencia de un asalto que sufrió en 1928 no en Chicago, Illinois, como se creía, sino en San Antonio, Texas. Este dato asentado en una ficha médica fue descubierto por el doctor Parker.

“En esa época, el antimexicanismo en Estados Unidos era brutal. Asaltaron a mi papá al salir de un concierto y la leyenda cuenta (porque se tiende a mitificar su vida) que, con tal de salvar sus manos, las ocultó y no le importó que lo hirieran en el rostro. Esa fue la razón de que se dejara crecer la barba y cuando llegó a México se la quitó para que la herida se viera. La recuerdo… Me imagino su pesadumbre por estas cosas”, dice Eugenia.

La frase

“La única institución que me da confianza es la mía, la UNAM, por eso quiero que la obra de mi papá quede bajo su resguardo”

Eugenia Revueltas
Académica de la Facultad de Filosofía y Letras
de la UNAM

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