En este quinto domingo de Cuaresma, la liturgia nos invita a contemplar a Cristo que murió por nosotros en la Cruz. Es la suprema prueba de amor del Hijo de Dios a la humanidad. De ese amor, tenemos que vivir siempre sus discípulos.

Por eso pedimos en la oración de la misa: “Te rogamos, Señor Dios nuestro, que tu gracia nos ayude, para que vivamos siempre de aquel mismo amor, que movió a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo”.

Dice el evangelio que unos griegos buscaban a Jesús. Todos somos buscadores: de felicidad y de amor, de esperanza y razones para vivir; buscamos respuestas, plenitud, verdad. Todo mundo busca una referencia que sirva de orientación, que le muestre el horizonte y el camino; que motive sus esfuerzos, y que sea capaz de despertar el entusiasmo, la confianza y la ilusión de vivir.

Jesús nos ha dicho, yo soy el camino la verdad y la vida; él es la respuesta; nos muestra el camino y el modo de caminarlo. Hacía él se dirigen los deseos y las inquietudes de muchos hermanos que lo buscan sinceramente. Pero en distintos momentos: en el trabajo, en las celebraciones, al compartir, muchos podrán decirnos también: ¡queremos ver a Jesús! ¡Queremos que nos muestres a Jesús!

Las palabras, las actitudes, la vida de quienes nos consideramos cristianos ¿reflejan a Jesús y provocan en los demás el deseo de querer verlo? Los discípulos no construyeron un discurso sobre normas y demás exigencias; ellos presentaron a Jesús. El primer paso para poder mostrarlo a los demás: es presentarlo con el testimonio de vida, con valores y actitudes positivas.

Si el grano de trigo sembrado en la tierra no muere, queda infecundo, sin llegar a dar fruto. El que se ama a sí mismo se pierde. El Señor nos invita a tomar decisiones radicales, para hacernos de verdad sus seguidores. El grano de trigo sembrado en la tierra es la alianza grabada en el corazón del ser humano, si no muere, es decir, si no se transforma y echa raíces no podrá dar fruto.

Amarse a sí mismo es la proyección del egoísmo, aferrarse a la propia vida y quedarse como atrapado en ella. En cambio, aborrecerse o negarse, equivale a purificarse de lo que se opone al plan de Dios y caminar libremente en la búsqueda de lo razonable, de lo que es bueno, de lo que da sentido a la vida. El Señor nos invita a abrazar nuestra cruz y a morir al egoísmo, para producir abundantes frutos.

 

+ Juan Navarro Castellanos

Obispo de Tuxpan

 

MURIÓ EN LA CRUZ PARA SALVARNOS

En este quinto domingo de Cuaresma, la liturgia nos invita a contemplar a Cristo que murió por nosotros en la Cruz. Es la suprema prueba de amor de Jesús a la humanidad. De ese amor, tenemos que vivir siempre los cristianos. Por eso rezamos en la misa de hoy: “Te rogamos, Señor Dios nuestro, que tu gracia nos ayude, para que vivamos siempre de aquel mismo amor, que movió a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo”.

En la primera lectura el profeta Jeremías anuncia una Nueva Alianza. Conoce la Antigua Alianza de Dios con su pueblo, pero hace presente en su prédica la Alianza que será definitiva y sellada con la entrega de Jesús; esa Alianza que el Señor escribirá en los corazones. Y en el Evangelio san Juan relata cómo unos griegos querían ver a Jesús y se lo dicen a Felipe. Este episodio da ocasión a Jesús para anunciar su glorificación, pero aclara que pasará primero por la muerte.

Queremos ver a Jesús

El texto de los griegos que buscan a Jesús sólo aparece en el cuarto Evangelio. Representan a todos los seres humanos. Todos somos buscadores, de muchas cosas; de felicidad, amor, sentido, esperanza, respuestas, plenitud, verdad, belleza… Todas las personas buscan una referencia que sirva de orientación, que aclare su horizonte, que motive su esfuerzo, que marque la dirección de la meta y que sea capaz de despertar el entusiasmo, la confianza, la ilusión…

Jesús nos ha dicho, yo soy el camino la verdad y la vida. Jesús es la respuesta. Nos muestra el Camino y el modo de caminar. Hacía él se dirigen los deseos y las inquietudes de los buscadores. En todos los momentos de nuestra vida, en el trabajo, celebraciones, en nuestras relaciones y compromisos, podemos encontrar personas que nos hagan, de una u otra forma, esa petición: ¡queremos ver a Jesús! ¡Queremos que nos muestres a Jesús!

Las palabras, las actitudes, la vida de quienes nos consideramos cristianos ¿reflejan a Jesús y provocan en los demás el deseo de querer verlo? Los discípulos no construyeron un discurso sobre normas y demás exigencias, ellos presentaron a Jesús. Es primer paso para poder mostrarlo a los demás.

Si el grano de trigo no muere, no da fruto

Por medio de la comparación con el grano de trigo, Jesús nos hace ver que la muerte es un fracaso sólo en apariencia. El grano muere, se pudre, pero de él surge una nueva planta que crece y luego puede dar muchos granos más. El fracaso real, sería que el grano de trigo no muriera.

El grano de trigo que no se pudre en tierra, no se convierte en planta ni puede dar fruto. No sirve un grano de trigo sin germinar, pero la germinación de vida supone entrar él mismo en la muerte. La muerte de Cristo y la muerte de los que estamos unidos a él por la fe y el Bautismo, es como la muerte del grano de trigo: de esa muerte nace Vida Nueva. El que se ama a sí mismo se pierde.

Quien sólo se preocupa de vida, la perderá; en cambio, quien no se aferra excesivamente a ella la conservará para la vida eterna. Muchas veces queremos seguir a Cristo evitando de forma exagerada las dificultades, escapando a la cruz, y entonces quedamos como el grano de trigo que no germina, no muere, pero tampoco da fruto. La condición del discípulo de Cristo es compartir con él la pena, para gozar con él de la Gloria del Padre. Y esto, con sufrimiento, porque ni al mismo Jesús le fue ahorrado el sufrimiento.

En este evangelio, el Señor anticipa la agonía del huerto cuando dice: Mi alma ahora está turbada. ¿Y ahora que tengo miedo le voy a decir a mi Padre líbrame de esta hora? No, pues precisamente para esta hora he venido. Padre, glorifica a tu nombre.

Jesús asume todo lo humano. Si él llora, no es sólo para compartir las lágrimas, sino para quitarles su amargor o su dolor. Si él grita, no es sólo para solidarizarse con los desgarros humanos, sino para transformar el grito en plegaria confiada. Su muerte es nuestra vida y nos invita a vivir de un modo nuevo, sin egoísmo, desviviéndonos por los demás, tratando de poner fin a todas las muertes gratuitas, a todo lo que no deja vivir con libertad y dignidad y dificulta la vida de las personas.

Agonía de Jesús y nuestra

La turbación, la desolación y la agonía son condición del cristiano como lo fueron también de Cristo. Muchas veces nos quejamos del sufrimiento y nos olvidamos que una forma de acompañar al Señor –que sigue sufriendo hoy en su Cuerpo, que es la Iglesia-, es ofrecer a Dios nuestro sufrimiento como lo hizo el Señor. En el huerto Cristo estuvo desolado y turbada su alma. Sin embargo, el Señor encaró la Pasión y por eso mereció ser glorificado en la Cruz y en la Resurrección.

Cuando vemos en la sociedad de hoy, que faltan tanto los valores, que los jóvenes no tienen ideales, que las costumbres se están relajando… Tendríamos que preguntarnos ¿por qué? ¿Será que se pueden esperar otros frutos de la forma de vida que llevamos? Para dar buenos frutos, hace falta entregarse como semilla, hace falta comprometerse por lo que uno cree.  Si queremos dar fruto, debemos ser capaces de entregarnos, de sacrificarnos por lo que realmente vale.

Morir con Cristo para resucitar con El

A los cristianos se nos exige renunciar a nosotros mismos y servir a los demás. “Servir” y “seguir”, son dos palabras clave para expresar que somos cristianos: se sirve al Señor y se sigue al Señor. Y si seguimos a Cristo en toda circunstancia, muriendo con Cristo, también seremos glorificados con él.

Por nuestra entrega, por nuestro amor servicial, completamos, según nos dice el Apóstol San Pablo, lo que falta a la pasión de Cristo, en su cuerpo que es la Iglesia. Y por esa entrega, el Señor nos promete la gloria junto al Padre. Creemos en la palabra y sabemos que allí donde está el señor, estaremos nosotros. Él nos ha precedido con su cruz y nos espera en su gloria junto al Padre.

Se oyó una voz, la voz del Padre: lo he glorificado y lo volveré a glorificar. El Padre nos hace sentir su amor y su Espíritu, que consuela, conforta, llena de vida: eres mi hijo, estoy contigo, tus sufrimientos tienen sentido. Te convertirás en la Pascua que no pasa, en la luz que no se apaga, en imán de todo anhelo, en meta de todo camino, en Resurrección.

El Padre sigue manifestándose de diversas maneras, para que descubramos su salvación, para que escuchemos su voz, para que estemos atentos a los signos de los tiempos y caminemos con todos los que lo anhelan y lo buscan. Para Jesús la cruz no es una fatalidad, es una opción. “Nadie me quita la vida, yo la doy…”   La muerte en la cruz es el resultado de la coherencia de su vida.

Jesús habla como actúa y actúa como habla. Es lo que hizo que los poderosos lo vieran como un hombre peligroso. El Señor nos ha dicho: si ustedes son mis discípulos, escucharán mi Palabra, conocerán la verdad y la verdad los hará libres.

 

 

 

 

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