Dunkerque: Un triunfo personal

Por Pedro Paunero/Escritor Tuxpeño

Se la conoce como “El milagro de Dunkerque”, “La retirada” o “El desastre de Dunkerque”. Oficialmente fue “la operación Dinamo” en la que se rescataron trescientos mil soldados aliados (200 000 ingleses y 100 000 belgas y franceses), durante los últimos días de mayo de 1940, que habían sido echados, literalmente, al mar, por el ejército alemán que se cerraba sobre ellos como en una tenaza, sobre el Canal de La Mancha. La invasión nazi de Europa había comenzado y Dunkerque, la ciudad y puerto francés a sólo diez kilómetros de la conquistada Bélgica, sería testigo del nacimiento de una leyenda que sustentaría la propaganda británica -el tan cacareado “espíritu de Dunkerque”-, que promocionaría al pueblo inglés como una nación que jamás cedería ante ningún enemigo, y provocaría aquel inspirado discurso de Churchill:

“Lucharemos en los mares y los océanos, lucharemos cada vez con mayor confianza y mayor fuerza en el aire, defenderemos nuestra isla cueste lo que cueste, lucharemos en las playas, en los campos y en las calles. Lucharemos en las colinas. Nunca nos rendiremos…”

Dunquerke, de Christopher Nolan, es la mayor película del director que ha dado cintas ingeniosas como Memento (2000), películas asombrosas como Inception (2010), filmes taquilleros como la serie Batman (2005-2016), o trascendentales parábolas como Interstellar del año 2014 (y que no oculta su deuda con ese Hotel cósmico de 2001, Odisea del espacio, en sus escenas finales), pero no es la gran película bélica que muchos alaban. El Dunquerke de Nolan refleja un espíritu “casero” británico, muy en la onda “Brexit”, que ha enfadado a más de un francés al borrar las alianzas, y los esfuerzos, y las víctimas galas, que también sangraron y fueron despedazadas en esa breve, pero históricamente significativa, playa.

La película sí es, en cambio, un dechado de virtudes: contiene una estupenda música del oscareado Hans Zimmer (por mejor banda sonora por El rey león en 1994), y que también musicalizó esa otra película sobre la Segunda Guerra Mundial, esta vez una especie de poema visual (esta sí una obra maestra), que es La delgada línea roja (The Thin Red Line, 1998), del misterioso director, naturalista y ornitólogo aficionado Terrence Malick; gran fotografía (cámara al hombro) del neerlandés Hoyte van Hoytema (que ya había trabajado con Nolan en Interstellar), un suspenso bien llevado y las típicas escenas en las que se respira con alivio (y que son una fórmula bien probada entre los espectadores), como cuando nos percatamos del arribo de las embarcaciones civiles, esos yates, esas barquichuelas, esas lanchas diminutas, que alcanzaron la playa y evacuaron de ahí, del infierno germano, a sus hombres bajo los bombardeos de la Luftwaffe y “el enemigo” (así llamado la mayor parte del filme y que sólo se ve en una única y última toma), y que permanece en la lejanía, en las sombras, como algo inevitable o como una fuerza de la naturaleza. Pero se sustenta en un patrioterismo molesto y la manipulación histórica. Concedamos: esto es Hollywood y no un documental de la National Geographic, pero no es posible borrar cien mil soldados sin sufrir las consecuencias.

Hay varias obras maestras o, por lo menos, grandes ejemplos de cine bélico, comenzando con uno de los más antiguos, El gran desfile (The Big Parade, 1925), cinta muda de King Vidor, que retrata con crudeza las andanzas de los estadunidenses en la Primera Guerra Mundial; Sin novedad en el frente (All Quiet on the Western Front, 1930) de Lewis Milestone, basada en la célebre novela antibelicista de Erich Maria Remarque; las magníficas La patrulla infernal (Paths of Glory, 1957) y Cara de guerra (Full Metal Jacket, 1987) de Stanley Kubrick; la dolorosa Pelotón (Platoon,1986) de Oliver Stone o aquella cinta que sacó momentáneamente a Steven Spielberg de su confortable paraíso infantilista, y por fin lo llenó de premios Oscar, La lista de Schindler (Schindler´s List, 1993), antes de plasmar, de manera muy realista, la invasión a Normandía, sobre un hecho desmesurado y absurdo, que volvió a hacer tropezar a este cineasta en la eterna edad media mental en que quiere mantener a sus espectadores, en Rescatando al soldado Ryan (Saving Private Ryan, 1998), por mencionar sólo algunos, sin olvidar esa oscura metáfora sobre Vietnam, vertebrada sobre la novela El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, que es Apocalipsis Now de Francis Ford Coppola (Apocalypse Now, 1979) o la cinta que glorificó a Samuel Fuller, ese querido realizador de películas underground de culto, El escuadrón Gran Rojo (The Big Red One, 1980), otra vez sobre la Segunda Guerra Mundial y que trasciende su anécdota para rozar terrenos metafísicos. Podemos olvidar, sin embargo, Dunqueke (Dunkirk), una película dirigida por Leslie Norman, realizador especializado en series de T.V., en 1958 y que presentaba a un joven Richard Attenborough como actor y que incluye algunas escenas más crudas que la versión de Christopher Nolan. Así, la más reciente película de este último se inscribirá entre las mejores realizaciones bélicas del cine pero sin ser, más allá de los alegatos y reclamos, la “mejor” cinta sobre la guerra que tanto se ha empeñado la crítica en hacernos ver.

El señor Nolan se da el lujo de rodar en celuloide (Super Panavision 65 mm), en tiempos del cine digital. Alegrémonos y celebremos este gesto “artístico” (tan sólo por ser un hecho rebelde y tan “demodé”) y anticipemos que se llevará más de alguna estatuilla en la próxima entrega de los codiciados premios Oscar. Dunquerke será, como fue este episodio histórico para Churchill, un triunfo personal para Christopher Nolan, como personales e individuales, e insertados en un marco mucho más amplio, los dramas que vemos en su filme y que nos anuncian que su creador seguirá filmando en “el aire, en la tierra, en el mar”, para remarcar que puede rodar prácticamente cualquier cosa que le pongan en frente (ciencia ficción, películas de súper héroes, y hasta hechos bélicos), para no ser olvidado.

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