Siete son las Maravillas del mundo

Por Pedro Paunero

Siete fueron los planetas conocidos en la antigüedad clásica, siete sus potencias, siete los colores del arco iris y los días de la semana, cuyos nombres llevan los de siete dioses greco-romanos, siete los sabios de Grecia y siete las pléyades. Hipócrates, padre de la medicina occidental, apuntó:

“El número siete por sus virtudes ocultas, tiende a realizar todas las cosas; es el dispensador de la vida y fuente de todos los cambios, pues incluso la Luna cambia de fase cada siete días: este número influye en todos los seres sublimes”.

Así que, cuando hubo una lista con maravillas arquitectónicas construidas por el hombre, tuvo que ser siete su número. Fue en Alejandría, la ciudad universal de su tiempo, fundada por el gran Alejandro en 332 a. C. en la que Antípatro de Sidón, gran epigramista de la llamada Antología Griega, cita lugares de visita obligada para cualquier viajero que se preciase de serlo:

“He posado mis ojos sobre la muralla de la dulce Babilonia, que es una calzada para carruajes, y la estatua de los alfeos (el Zeus en Olimpia), y los jardines colgantes, y el Coloso del Sol, y la enorme obra de las altas Pirámides, y la vasta tumba de Mausolo; pero cuando vi la casa de Artemisa, allí encaramada en las nubes, esos otros mármoles perdieron su brillo, y dije: aparte de desde el Olimpo, «el Sol nunca pareció jamás tan grande» después de ver mi musa”.

Antología Griega (IX.58)

Antípatro ignora el faro de Alejandría, única de las maravillas que tenía una finalidad práctica en la lista definitiva que ha llegado hasta nosotros, y en su lugar menciona las murallas de Babilonia, que también aparece en la lista atribuida erróneamente a Filón de Bizancio, un constructor de autómatas del Siglo III a. C., cuya finalidad también estaría probada por su funcionalidad. Siglos después Beda el Venerable incluiría en “De septem mundi miraculis”, varias edificaciones romanas como el Capitolio, el teatro de Heraclea, el baño de Apolotaneo y una estatua ecuestre de Belerofonte, e incluye, finalmente, al Faro. ¿Habría existido, por encima de la aseveración de Antípatro alguien que, realmente, haya visitado lugares tan distantes como Persia y Egipto, fuera del ámbito helénico, para contemplar cada una de las maravillas citadas?

El día 7 de julio de 2007 el magnate suizo Bernard Weber, a través de New Open World Corporation, lanzó a nivel mundial un controvertido concurso denominado “Las nuevas siete maravillas del mundo”, en el que se podía votar a través de SMS, internet y teléfono, en un acto sin precedentes en el planeta. Se contaron más de cien millones de votos y resultaron ganadores los siguientes monumentos y construcciones: el templo de Kukulcán en Chichen Itzá, México; la ciudad de Petra, capital del imperio Nabateo en Jordania; el Taj Mahal, en Agra, India; Machu Picchu, en Cuzco, Perú; la Gran muralla china; el Coliseo romano, prototipo de todos los estadios deportivos del planeta y, a la manera de un moderno Coloso de Rodas, la estatua del Cristo Redentor en Río de Janeiro, Brasil.

La lista de las clásicas Siete maravillas que conocemos comprende las siguientes edificaciones, listadas por orden de antigüedad:


La Gran pirámide de Guiza: la única que ha llegado hasta nosotros y que en el listado del Siglo XXI, el de las Nuevas maravillas del mundo, se conserva como “maravilla honoraria”, aunque el respetado e iracundo profesor de arqueología y Ministro de Antigüedades de Egipto, Zahi Hawass, descalificó el concurso por tratarse de una acción evidentemente mediática, aunque su responsable argumentaría que el dinero cobrado, por cada mensaje y voto, sería destinado a restauración de monumentos. Fue construida por el faraón Keops en 2570 a. C. y es, también, la más antigua, la más enigmática, y la de mayor tamaño.


Los jardines colgantes de Babilonia: acaso nunca existieron. Habrían sido construidos y cultivados en el año 605 a. C. y habrían durado poco más de un siglo. En la película “Alexander” de Oliver Stone pueden verse cuando Alejandro entra de manera triunfal en Babilonia.


El Templo de Artemisa en Éfeso: erigido en una de las Ciudades del Dodecanato o una de las doce ciudades griegas en Asia Menor, hoy Turquía, por Creso, el famoso rey que gozaba de fama de ser el hombre más rico de su tiempo en 550 a. C. Fue destruido a propósito por un pastor con la intención de ser recordado como su destructor. Alejandro Magno lo reconstruyó. Éfeso también es importante en la tradición cristiana, católica, como la ciudad donde murió María y ascendió al cielo.


Estatua de Zeus en Olimpia: construida por Fidias, el célebre escultor ateniense, dentro del templo dedicado al dios. Era de marfil recubierta de oro, es decir, crisoelefantina, y representaba al padre de los dioses en majestuosa posición sedente, sosteniendo a la Victoria alada, o Niké, en la mano y medía doce metros de alto.


El Mausoleo de Halicarnaso: la tumba del sátrapa Mausolo, que le dio nombre a toda una serie de tumbas fastuosas hasta el día de hoy. Mausolo ordenó su construcción, cerca del mercado de la imponente ciudad, en 353 a. C. y fue terminada por su esposa, Artemisa que invitó a afamados arquitectos, como Sátiro de Paros y Piteo y escultores griegos, como Leocares, autor del Apolo de Belvedere, con Briaxis, Escopas de Paros y Timoteo, a culminar su construcción y decorado.

El Coloso de Rodas: levantado como un monumento de victoria de los rodios sobre Demetrio Poliorcetes de Macedonia, que había intentado invadir infructuosamente Rodas, en 292 a. C. representaba a Helios, dios del sol, y perduró hasta que un terremoto la echó abajo, en 226 a. C. Fue concebida por Cares de Lindo, pero no se sabe con precisión su aspecto, o si se erigía con las piernas abiertas sobre el puerto. Plinio el Viejo escribió sobre la estatua, cuando yacía sobre el suelo: “Esta estatua medía 70 codos de altura. Después de 66 años un terremoto la postró, pero incluso yacente es un milagro. Pocos pueden abarcar el pulgar con los brazos, sus dedos eran más grandes que la mayoría de las estatuas que tenían marfil. El vacío de sus miembros rotos se asemeja a grandes cavernas. En el interior se ven magnas rocas, con cuyo peso habían estabilizado su constitución”. Varios autores la citaron en diversas fuentes, hasta que, en la Edad Media, en 654 d. C. los musulmanes la desmantelaron y vendieron el bronce a un judío que necesitó casi mil camellos para transportarlo. Existen dos proyectos que intentan recuperar la gloria del coloso: el encargado a Gert Hof, que usaría la fundición de armas para la estatua de 100 metros, convirtiéndola en emblema de paz y el Colossus of Rhodes Project, con un equipo internacional, que mediría 150 metros, cuya estructura estaría hueca y albergaría museos, cafeterías y restaurantes. Ambos proyectos intentan activar el turismo y la economía de la histórica isla.


El faro de Alejandría: con la Biblioteca y los Jardines colgantes de Babilonia, se trata de una de las maravillas que se pueden apreciar en la película “Alexander” de Oliver Stone, aunque su fecha de construcción sea posterior a aquella en que se sitúa la acción de la cinta. Se levantaba en la isla de Pharos, en la ciudad helénica egipcia. Su nombre, como el del Mausoleo, otorgó identidad a todas las torres que auxilian a la navegación alrededor del mundo. La construyó Sóstrato de Cnido, arquitecto bajo órdenes de Ptolomeo II “Filadelfo”, hijo del General Ptolomeo, compañero de Alejandro, en 285 a. C. perduró por mil años hasta que el sultán egipcio Qaitbey, en 1480, recuperó las piedras de sus ruinas para levantar un fuerte. Está incluido en el proyecto Medistone, que pretende su reconstrucción, en pleno Siglo XXI, junto a otros monumentos de la era helenista.

La lista era, por supuesto, subjetiva, y no obedecía en especial a criterios artísticos o estrictamente religiosos sino personales, y se fue copiando a lo largo de los siglos. Existen listas de Maravillas de la naturaleza que incluyen al Gran Cañón del Colorado o la Gran barrera de arrecifes de Australia y que, como en el caso de los monumentos hechos por el hombre, pretenden, no solamente la conservación de estas áreas naturales, sino incentivar el turismo de los países en los que se sitúan. Maravillas que, al contrario de las obras humanas, han gozado –y, quizá seguirán gozando-, de un tiempo de existencia de millones de años.

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