El primer ministro ultraconservador de Hungría, Viktor Orbán, en Berlín.

Los objetivos de control autoritario y extremista del poder se retroalimentan tocando fibras ciudadanas sensibles

Por Diego García-Sayan/El País

Se extiende por distintos rincones del mundo una marea negra de intolerancia, xenofobia y populismo. Políticas con esos denominadores comunes y medios de propaganda desde el poder que encuentran analogías con los que puso en marcha Joseph Goebbels —brazo agitpro de Hitler— en la década de los treinta del siglo pasado.

En Asia, el caso emblemático de Duterte en Filipinas es de horror. Miles de asesinatos cometidos abiertamente desde el Estado en los últimos dos años con una secuela de más de 7.000 muertos en nombre de la guerra contra las drogas. Ejecuciones extrajudiciales sistemáticas que no generan en el mundo horror o protesta. Y, al revés, hasta motiva elogios de Trump, quien ha destacado el “increíble trabajo” de Duterte en este terreno.

En Europa, la ofensiva no es a sangre y fuego —al menos aún—, pero la marea negra avasalla sin que la Unión Europea pueda hacer algo muy efectivo para contrarrestarla. Gobiernos ultraderechistas y populistas como el de Orbán en Hungría o el de Polonia —que, de facto, maneja Kaczynski—, son emblemáticos de un sectarismo y autoritarismo gubernamental que no se conocía en Europa desde la década de los treinta del siglo pasado, cuando el furor del antisemitismo. La reciente ley húngara que establece que ayudar a inmigrantes es delito o, al igual que en Polonia, las regulaciones prohibitivas de donaciones a las ONG. En Polonia, esto va de la mano con el feroz ataque a la independencia judicial, poniendo bajo control gubernamental tanto al Tribunal Constitucional como a la Corte Suprema.

Los objetivos de control autoritario y extremista del poder se retroalimentan tocando fibras ciudadanas sensibles: “identidad de la nación” y hasta algunos loables como “seguridad ciudadana”. Todo sirve para agresivas y sistemáticas campañas de propaganda de estilo goebbeliano por Duterte, Orbán o los seguidores de Kaczynski quienes gozan hoy de respaldo mayoritario en sus países. Preocupante, porque parecería no haber nada muy eficaz para oponérseles. En estos tiempos de globalización conceptual de democracia y los derechos humanos, ella está en cuestión.

De esto ha habido varios en Latinoamérica en el pasado. Y procesos como el de regímenes hoy cuestionados, como el de la pareja Ortega-Murillo en Nicaragua, son ejemplo de eso. Pero con una diferencia fundamental con lo que pasa en países como los mencionados: en Latinoamérica son procesos políticos “de salida”, en caída libre. La pregunta es si hay condiciones o terreno fértil para que fenómenos como los que menciono aquí a modo de ejemplo pudieran “prender” en la región.

Si la inseguridad ciudadana es percibida como el principal problema de la sociedad, la mano dura puede aparecer como una opción tentadora

Tres anotaciones.

Primero, claro que hay condiciones. Si la inseguridad ciudadana es percibida, con algo de razón, como el principal problema de la sociedad, la mano dura puede aparecer como una opción tentadora ante el agobio sufrido por la acción impune de la delincuencia. Tentación que puede calar en líderes políticos en contexto de hartazgo frente al crimen.

Segundo: no estamos ante una ruta fatal hacia el autoritarismo. De hecho, nada permite concluir que un camino de ese tipo se esté volviendo una ruta modélica a ser seguida o que las mayorías apuesten electoralmente por esas opciones. Así, por ejemplo, en las dos elecciones presidenciales más recientes (Colombia y México) los resultados no dejaron cabida para modelos tipo Duterte u Orbán; no se podría sostener, por ejemplo, que Iván Duque o López Obrador encarnaran esas opciones.

Tercero, que —habiendo terreno fértil— nada puede impedir que en algún país de la región se caiga a corto plazo en esta tentación. Algunos comentaristas, por ejemplo, ven más de una analogía entre el discurso mortícola, homofóbico y populista de Bolsonaro en Brasil con el de Duterte. Y algo más grave: este excapitán del Ejército, natural de Campinas, sigue a Lula en las preferencias electorales. ¿Sin el expresidente en carrera, estaría Bolsonaro primero?

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