«Damas asesinas»: Las mujeres también pueden ser malas por derecho

Erzsébet Báthory, la Condesa Sangrienta, en el siglo XVI cortaba a sus sirvientas los dedos y las obligaba a practicar el canibalismo

Erzsébet Báthory, la Condesa Sangrienta, en el siglo XVI cortaba a sus sirvientas los dedos y las obligaba a practicar el canibalismo

La escritora y periodista Tori Telfer recoge en este curioso e interesante trabajo una selección histórica (hasta 1950) y biográfica de catorce damas letales, asesinas en serie y en serio
Marina SanMartín/Abc

En 1996, Margaret Atwood (Ottawa, Canadá, 1939), recientemente galardonada con el Premio Booker por «Los testamentos», publicó «Alias Grace», una novela ambientada en Canadá durante el siglo XIX, en la que, a través de un personaje ficticio, el doctor Simon Jordan, profundiza en la psique de Grace Marks, una asesina real, cuya apariencia desvalida y carácter cálido sembraron la duda social acerca de su implicación en los crímenes que se le imputaron, las cruentas muertes de su empleador, Thomas Kinnear, y Nancy Montgomery, el ama de llaves de la hacienda en la que Grace trabajaba.

El perfil de Grace Marks, si bien no se ajusta a los rasgos característicos de los criminales en serie, sí refleja una de las realidades que han inspirado «Damas asesinas», el primer libro de la escritora y periodista Tori Telfer: el hecho de que a la opinión pública le cueste más digerir el asesinato cometido por una mujer que por un hombre; asumir la presencia de la maldad sin atenuantes en la mente femenina.

Elenco de lujo

Tradicionalmente, escribe Telfer en el prólogo que anticipa las catorce minibiografías de las damas letales que ha escogido para su ópera prima, «a las mujeres únicamente se las considera capaces de cometer homicidios de tipo expresivo-impulsivo -el asesinato como resultado de una acción en defensa propia, un arrebato de furia, un trastorno hormonal, un ataque de histeria-, no de llevar a cabo homicidios de tipo instrumental-cognitivo, que son premeditados, planificados y se ejecutan a sangre fría». Pues bien, este volumen desafía tal convicción, la necesidad de encontrar para el crimen cometido por una mujer una explicación acorde con ese primer patrón, que suaviza la idea terrible de que las mujeres, como los hombres, también podemos ser malas por derecho.

Con una horquilla temporal que se detiene en 1950 y permite a la autora distanciarse lo suficiente de la tragedia como para para poder tratarla con cierto sentido del humor, el índice de «Damas asesinas» se abre con las torturas que la Condensa Sangrienta, Erzsébet Báthory, infligía a sus sirvientas en el siglo XVI, cortándoles los dedos u obligándolas a practicar el canibalismo; se detiene en la indiferencia con la que Mary Ann Cotton, que aterrorizó a Inglaterra quince años antes de que lo hiciera Jack el Destripador, envenenaba sin tregua a sus maridos y sus bebés; y, entre otros muchos escenarios, nos describe el terror con el que Anna Marie Hahn, propensa a utilizar el arsénico como aliño, se enfrentó a la silla eléctrica el 7 de diciembre de 1938.

Muchos de los crímenes aquí recogidos no son populares ni difundidos

Junto a ellas, compartiendo el dudoso honor de haber pasado a la posteridad por su vileza, encontramos a Nannie Doss, Lizzie Halliday, Elizabeth Ridgeway, Raya y Sakina, Darya Nikolayevna Saltykova, Oum-El-Hassen, Tillie Klimek, Alice Kyteler, Kate Bender, los Ángeles de la muerte de Nagyrev y la reina de las envenenadoras, Marie-Madeleine, marquesa de Brinvilliers.

Introducir cualquiera de estos nombres en Google, muchos de ellos nada populares ni difundidos, tendrá el efecto de un salvoconducto para el museo de los horrores y echará por tierra la afirmación que a finales del siglo XX hizo Roy Hazelwood, agente del FBI, con la rotundidad de quien pretende ahuyentar algún fantasma. Hazelwood dijo: «Las asesinas en serie no existen!».

¡Qué equivocado estaba!

Agresividad femenina

Aunque Telfer desconfía de las estadísticas y destaca la escasez de estudios e informes acerca de la pulsión criminal femenina, hace hincapié en dos datos comprobados: el primero, que durante los últimos cien años menos del 10 por ciento de los asesinos en serie han sido mujeres; el segundo, que el protagonismo de este tipo de homicidas se ha ensombrecido en nuestra época para dar paso a otra clase de violencia, la masiva e indiscriminada, perpetrada fundamentalmente por los grupos terroristas.

En cualquier caso, concluye Telfer, saldremos ganando si, más allá de los estereotipos -la «femme fatale», la marioneta sometida a la voluntad de un hombre malvado o la bruja- «reconocemos la existencia de la agresividad también en la mujer, incluso cuando esta es enfermiza y retorcida», y asumimos que no sólo en la ficción, inocuas, atrapadas en la atmósfera de una historia que no ha ocurrido de verdad, hay mujeres que matan porque sí.

Bregar con esta certeza y asimilarla con cierto escepticismo e ironía convierte en muy recomendable la compilación de «Damas asesinas», que incluye en sus primeras páginas, a modo de bienvenida, una brevísima cita de Medea, antídoto contra el prejuicio y advertencia: «Que nadie piense que soy débil».

 

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