Mensaje del Obispo de Tuxpan: Domingo de Ramos

La celebración del Domingo de Ramos, inicia con la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén. Se llama también Domingo de Pasión, ya que inicia la Semana Santa, o de la Pasión del Señor. La gente lo recibió con ramos y palmas para reconocer a Jesús como el Mesías que esperaban. Hoy reconocemos también a Jesús, como Señor de nuestras vidas!

Sin embargo, aunque aclamamos a Cristo como Rey, las lecturas de la Misa se refieren a la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo.

La Primera lectura de Isaías (Is. 50, 4-7) nos anuncia la actitud de Jesús ante las afrentas y los sufrimientos de su Pasión:  no opuso la más mínima resistencia a todo lo que le hacían. “Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban la barba.  No aparté mi rostro de los insultos y salivazos.” 

Salvo en su entrada triunfal a Jerusalén, Jesús nunca quiso dejarse tratar como Rey. Siempre lo evitó, Como nos dice San Pablo en la Segunda Lectura (Flp. 2, 6-11): Cristo nunca hizo alarde de su categoría de Dios, y más bien se humilló haciéndose uno de nosotros.  Y -como si fuera poco- se dejó matar como un malhechor.

En el Evangelio (Mt. 26, 14-27, 66) hemos leído la Pasión según San Mateo, que en el inicio de la Semana Santa, nos invita a acompañar a Jesús en su sufrimiento y a darle gracias por redimirnos, por rescatarnos de las garras del demonio y porque con su cruz nos abrió las puertas del Cielo. 

La entrada triunfal a Jerusalén, a pocos días de su Pasión y Muerte, nos presenta a Jesús como Rey, pero ¿qué clase de Rey? Porque es extraño reconocer como Rey a quien hace su entrada, montado en un burrito. ¿Por qué no vino sentado en una carroza o cabalgando en un garboso caballo?

La verdad es que Jesús, aun siendo el Mesías, siempre se alejó de la idea que la gran mayoría del pueblo de Israel tenía sobre el Mesías:  ellos esperaban un Mesías poderoso, de acuerdo a criterios humanos y políticos, que los liberara del dominio romano.  Jesús, por el contrario, deja claro que su misión es diferente.  Por ejemplo, en el milagro de la multiplicación de los panes, la multitud quiere aclamar a Jesús como rey. Y Jesús, sencillamente, desaparece.

 

+ Juan Navarro Castellanos

Obispo de Tuxpan

 

Domingo de Ramos

La celebración del Domingo de Ramos, inicia con la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén. Se llama también Domingo de Pasión, ya que inicia la Semana Santa, o semana de la Pasión del Señor.

La gente lo recibió con ramos y palmas para reconocer a Jesús como el Mesías que esperaban. Hoy, reconocemos también a Jesús, como Señor de nuestras vidas!

Sin embargo, aunque aclamamos a Cristo como Rey, las lecturas de la Misa se refieren a la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo.

La Primera, del Profeta Isaías (Is. 50, 4-7) nos anuncia la actitud de Jesús ante las afrentas y los sufrimientos de su Pasión:  no opuso la más mínima resistencia a todo lo que le hacían. “Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban la barba.  No aparté mi rostro de los insultos y salivazos.” 

En el Salmo 21 repetiremos las palabras de Cristo en la cruz, justo: Dios mío, Dios mío.  ¿Por qué me has abandonado?    … Jesús cargó todo el peso de nuestros pecados, al punto de experimentar el alejamiento y abandono, cuando pecamos y damos la espalda a Dios.

Sin embargo, aunque hemos aclamado a Cristo como Rey, las lecturas de la Misa de hoy son todas referidas a la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo.

Nunca, salvo en su entrada triunfal a Jerusalén, Jesús quiso dejarse tratar como Rey. Siempre lo evitó, Como nos dice San Pablo en la Segunda Lectura (Flp. 2, 6-11): Cristo nunca hizo alarde de su categoría de Dios, y más bien se humilló haciéndose uno de nosotros.  Y -como si fuera poco- se dejó matar como un malhechor.

En el Evangelio (Mt. 26, 14-27, 66) hemos leído la Pasión según San Mateo, que en el inicio de la Semana Santa, nos invita a acompañar a Jesús en su sufrimiento y a darle gracias por redimirnos, por rescatarnos de las garras del demonio y porque con su cruz nos abrió las puertas del Cielo. 

La entrada triunfal a Jerusalén, a pocos días de su Pasión y Muerte, nos presenta a Jesús como Rey, pero ¿qué clase de Rey? Porque es extraño reconocer como Rey a quien hace su entrada, montado en un burrito. ¿Por qué no vino sentado en una carroza o cabalgando en un garboso caballo?

La verdad es que Jesús, aun siendo el Mesías, siempre se alejó de la idea que la gran mayoría del pueblo de Israel tenía sobre el Mesías:  ellos esperaban un Mesías poderoso, de acuerdo a criterios humanos y políticos, que los liberara del dominio romano.  Jesús, por el contrario, deja claro que su misión es diferente.  Por ejemplo, en el milagro de la multiplicación de los panes, la multitud quiere aclamar a Jesús como rey. Y Jesús, sencillamente, desaparece.

Sin embargo, sólo en su entrada a Jerusalén se deja aclamar como Mesías y como Rey de Israel, “el Rey que viene en nombre del Señor” (Lc. 19, 38).  Pero entonces observamos la paradoja del Rey montado en un burro, con lo que se cumple lo anunciado por el Profeta Zacarías (9, 9): “He aquí que tu Rey viene a ti, apacible y montado en un burrito”.

Lo del burrito nos expresa la profunda humildad de ese Rey, que -como señala San Pablo en su carta a los Filipenses- nunca quiso hacer alarde de su categoría de Rey, ni de su condición de Dios, sino que más bien se humilló hasta hacerse igual en todo a nosotros. Y en cambio, siempre se consideró y actuó como servidor obediente, ya que no vino a ser servido, sino a servir y a entregar su vida para que todos tengamos vida.

En el proceso que lo llevó a su Pasión y Muerte, Jesús, interrogado por Pilatos “¿Eres el Rey de los Judíos?”, no niega que lo sea, pero y aclara: Mi Reino no es de este mundo” (Jn. 18, 36). El Reino de Cristo va permeando paulatinamente en medio de aquéllos -y dentro de aquéllos- que acogen la Buena Nueva; esto es el mensaje de salvación.

Pero si el Reino de Cristo no es de este mundo ¿de qué mundo es?. Ya lo había anunciado Jesús mismo en el momento en que fue juzgado por Caifás: Verán al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Dios Poderoso y viniendo sobre las nubes” (Mt. 26, 64). 

El Reino de Cristo, aunque ya comienza a estar dentro de cada uno de los que siguen la Voluntad de Dios, se establecerá definitivamente en la Parusía (o al final de los tiempos) cuando Cristo venga a establecer los cielos nuevos y la tierra nueva, en su triunfo definitivo sobre mal y el demonio. (CIC. nn 671-677)

Su pueblo y súbditos serán todos los que cumplan la Voluntad de Dios, los santos, los salvados por la sangre derramada en la cruz. Jesús nos enseñó a orar en el Padre Nuestro: “venga a nosotros tu Reino”.   Y en la Misa, después de que el pan y el vino son transformados en Cuerpo y Sangre de Cristo, respondemos: “Ven Señor Jesús”.

Esto significa que dejaremos que reine en nuestra vida, que queremos hacer su Voluntad. Así el Reino de Cristo comienza a estar dentro de nosotros mismos y en medio de nosotros.  De este modo nos preparamos para cuando Cristo venga a establecer su Reinado definitivo:  la morada de Dios entre los hombres.

En la preocupación por la pandemia del covid-19, abramos nuestro corazón al Señor para que nos de confianza, nos llene de esperanza y estemos siempre preparados para lo que el quiera de nosotros. Ante la cercanía de la cruz y la proximidad de su muerte, Jesús, como ser humano, experimento la angustia y el temor, pero se dispuso siempre a hacer la voluntad de su Padre.

 

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