(Recreación biográfica)#
PÉ DE J. PAUNER

-Voy a la Ciudad de México –dijo el bacteriólogo-, a estudiar el tifus.
Las últimas palabras las había pronunciado en un susurro, como si le confiara un secreto.  Entonces dejó que las ratas moribundas resbalaran de la jaula. El mar de la Habana le pareció, en medio de los vapores del alcohol, que debía contener algún bálsamo que las reanimó. Con los ojos muy abiertos miró aterrado cómo nadaban hacia la orilla. Corrió al puente y comenzó a gritar:
-¡Ayuda, ayuda…. el doctor Zinsser trata de introducir el tifus en Cuba! ¡El doctor Zinsser trata de acabar con la población de la Habana…!
Los pasajeros miraban asustados, sin entender. El doctor, asombrado, sintió que el rostro le ardía. El primer oficial le alcanzó cuando trepaba la baranda de la borda. Le ayudó a bajar. Está ebrio como barco en medio de un huracán, pensó el oficial, ¡pobre imbécil!

El aire enrarecido de la Ciudad de México dificultaba la respiración. El doctor Zinsser le cogió ambas manos, estrechándolas francamente.
Empezó a reírse.
-¡Nada, nada… que recuerdo el incidente en la Habana…!
Sonrió y abrazó al buen doctor. Cuando el científico le dio la espalda y había echado a andar súbitamente volvió y le dijo, preocupado, mirándolo a los ojos:
-Recuerde mis palabras, amigo, mío… su problema es que no presta atención a lo negativo y le puede llevar a un destino que no merece…
Jamás le volvió a ver. Pero plasmó sus palabras en un críptico poema que comenzó a escribir de inmediato.
Los paisajes de la Ruta de Cortés eran un espectáculo natural en tonos pastel. Su mente formuló las palabras que le diría a Katherine Anne Porter:
-Te agradezco tanto haberme invitado a este país singular. Me hubiera gustado venir primero a México que a Francia… no hay nada como esto en Europa… aquí siento que la vida es real, que la gente realmente vive y muere aquí…

Katherine estaba fascinada a la vez que abrumada. Él le acompañaba a recorrer los jardines, deteniéndose ambos en la contemplación de  la belleza de alguna flor efímera.
-¿Algún verso, poeta, que te merezca esta flor?
Se reían. Pero pronto ella no tendría motivos para reír más. Por la noche, otra vez ebrio, ya había salido a las calles de Mixcoac. Le llamaban a Katherine para decirle que estaba en la cárcel. Que era culpable de haber provocado una riña con un taxista. Ella ya no sabía cuántas veces pagó fianza.
Cierta vez, llorando, le abrazó; un policía de vientre prominente que amenazaba con reventar su uniforme cerró la reja tras él y los miró con suspicacia. El gringo era ya un cliente del bote, como le dicen en México a la prisión.
Katherine intentó quitárselo de encima.
-¡Kathy… –lloraba-, tengo miedo…!
Intentó consolarlo. Ya, ya… parecía un niño con su madre.
-¿A qué le temes?
-¡Tengo miedo de mí mismo! –dijo.
La noche siguiente le gritó al Universo entero, estrella por estrella, de horizonte  a horizonte, a la curva bóveda del espacio, a la lejanía sin fronteras, a la luna brillando, al árbol, al jazmín y su perfume, al estanque de los patos y a la casa… Blasfemaba, maldecía. Su mente era un mar y una tormenta que respiraba por sí misma, se sostenía y le arrojaba a la desazón y la desconfianza. Luego comenzó a llorar otra vez.
Borracho anunciaba dando voces Soy Baudelaire, soy Whitman, soy Marlowe… pues el centro del yo era demasiado perturbador para mirarlo.
Discutía con los otros norteamericanos, les insultaba. Pero si miraba un indio por la calle imaginaba paraísos perdidos, lugares comunes a ojos extranjeros pero que para él constituían revelaciones.
-Te pido disculpas, Kathy –dijo, cuando abandonó la casa de ella que, aliviada, pudo respirar por fin.
Pero alquiló la casa al lado de la de Katherine. Por las noches ni indios ni norteamericanos. Estaba solo con los demonios y amenazaban con hundirlo en un círculo de fuego. Se miraba las manos encendidas y sintió la hoguera en su corazón que ya no bombeaba sangre.
Cogió la pluma y esbozó los versos… no el infierno, pensó, no el infierno… el purgatorio…
Mi país, oh mi país, mis amigos
-estoy separado- aquí de ustedes en una tierra
Donde toda vuestra luz alumbra -rostros- saliva reluciente
Como algo abandonado, desamparado -aquí estoy
Y están estas estrellas -la alta meseta- las fragancias
Del Edén -y el árbol peligroso- ¿son estos paisajes de confesión?- y si confesión
¿También absolución?
Llegó una carta que le mostró otro rostro del desasosiego. Decía que tenía que volver a Estados Unidos. Su padre había muerto…
Él creyó otra cosa: la beca Guggenheim… iban a retirársela.
Cuando volvió a México tenía ya un agujero en el pecho.
Ella acababa de divorciarse. Fue la única mujer en su vida embriagada por los hombres.
Peggy Baird.
Conoció cierta felicidad. Las hojas de papel amarilleaban. Los amigos llegaron otra vez.
El arqueólogo buscaba restos aztecas cerca de donde él vivía. Le invitó a Tepoztlán. Pasó una noche primitiva comiendo tortillas y frijoles, tocando el antiguo tambor que los indios habían sacado. El dios del pulque le llamó a través de una bebida viscosa y salvaje. Acudió a la llamada. Tenía la forma de un joven indio que le pareció hermoso. Se bañaban juntos en los arroyos de la montaña. Ascendía gustoso hasta la pirámide del dios con el joven. Se reían juntos, comían juntos, bebían juntos… el dios era amor y piel morena y ojos negros como dagas de obsidiana. En su piel el dios hablaba un dialecto que sonaba como gorjeo de pájaros asustados…
Otra daga le hirió. El arqueólogo vivió con él y le mostró el mundo antiguo… Xochipilli, -le dijo-, dios de la juventud, la alegría… la virilidad. En un lecho de flores le amó y sobre la cama revoloteó la mariposa, atributo del dios…
Como si los ojos del indio se hubieran permutado en los suyos -ese abismo punzante que el pintor Siqueiros encontró perturbador-, miraba quemando.
El pintor le dijo que cogiera un libro e hiciera como si leyera. Así Siqueiros huyó de esa mirada. Le pintó de esa manera, la vista baja, leyendo y quemando palabras… Pronto su casa se llenó de amigos que manejaban no dagas de obsidiana sino hoces y martillos. Siqueiros, entre ellos. La casa enrojeció de pronto. Ese color era ruido. Huía a Tepoztlán y Taxco pero rogaba que ellos no le abandonaran. La casa era una jaula inundada de voces.
Otra casa se abrió para él en Navidad, la de Peggy. Entonces supo que la quería. Entonces creyó que la quería. Entonces… ¿la quería?
Una noche se le cayeron los párpados. Con la luna en el mirar salió. En la plaza los indios celebraban algo. El campanero acudió a la iglesia y él le acompañó. Tomó la cuerda del badajo con ambas manos, temblaba cuando el sonido de la campana pareció reventar, a lo lejos, en luz amanecida y música. Abrió la boca. Fue el éxtasis.
La torre se rompía entre la música de la campana y el amor recién nacido; ese amanecer al otro lado. Volvió y, temblándole las manos, escribió frenético, sin parar, día tras día hasta completar dos meses de arrebato:
Y así penetré en el mundo roto,
Para encontrar la compañía visionaria del amor, su voz,
Un instante en el viento (no sé si arrojado)
Pero no sosteniendo mucho tiempo cada desesperada elección.
Envió por correo la versión completa de The Broken Tower. La ineptitud del correo perdió la obra en algún lugar entre México y Estados Unidos. Quizá nunca salió del país. El silencio le pesó. ¿He fracasado –se preguntó- es acaso que el silencio guarda luto ante mi falta de talento?
Los amigos sufrieron las consecuencias. Las noches se llenaron, una vez más, de vapores de ira embotellada y lamentos por traiciones y homofobia. Peggy, sobrepasada, invitó a dos amigas para distraerle. Les siguió gritando con el retrato de Siqueiros en la mano.
-¡Cerdo comunista, hijo de perra! –rasgó el lienzo con la navaja de afeitar.
En las venas, se le rasgaba el alma…

El S. S. Orizaba estaba en el muelle.
-Es el mismo –dijo, apoyándose en el brazo de Peggy-, el mismo barco que me trajo a este país…
El Universo conspiraba. La sincronicidad pesaba en los extremos coincidentes. El mar se abría. La Habana invitaba. Era veneno en sus labios y vasos de cristal en las manos. Peggy pidió que le encerraran en su cabina.
Pero ninguna cabina es capaz de encerrar un huracán…
¡Tú cabalgas, Señor!
¡Señor, nada  detiene
tu corazón ligero, nada aguanta,
todo cae hecho añicos!
Señor,  mientras las cimas, derrumbándose,
Azotan a las algas marinas sobre el rubio
Hervor del cielo y, alto, el cielo estalla,
¡Tú cabalgas, señor, hasta la puerta!
¡No te paran, Señor, ni suelo ni muralla!
Escapando a la sección de los marinos les propuso amor y desvarío. El despropósito se convirtió en brazos fuertes que le sostuvieron y en manos que golpearon en su estómago. Otro, quizá, le robó lo que llevaba y un poco más…
Como un espectro apareció en el camarote de Peggy.
-No voy a lograrlo querida –la voz arrojó polvo de sangre-. Caí en desgracia totalmente.
En algún lugar en el Atlántico, cerca de Florida, se acercó a la borda.
Había en el mar una estela y una llamada impostergable y poderosa. No daban las doce del día 26 de abril de 1932 cuando decidió escuchar más de cerca.
Se hundió en el agua. Burbujas reventadas lagrimearon sus ojos…

El cuerpo de Hart Crane  (1899-1932) nunca fue recuperado. Malcolm Lowry escribiría después: …México fue a la vez la pira de Bierce# y el trampolín de Hart Crane. La leyenda de México como destino trágico de escritores se describía en esas breves palabras.
Pé de J. Pauner:

Narrador y ensayista nacido en Tuxpan, Veracruz, México en 1973. Su obra ha sido traducida al catalán y al inglés. Ha sido publicado en Perú, Australia, Madrid, Alemania, y ganado algunos premios en el género del cuento corto. Como biólogo terrestre (firmando como Pedro Paunero) ha ejercido el activismo en el área de la ecología. También se ha desenvuelto como crítico de arte (Quehacer Editorial), de cine (UNAM y Correcamara.com) y como performer. Su obra erótica se ha comparado a la de Céline y Jean Genet.  

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