Mensaje del Obispo de Tuxpan: Que el Señor reine en nuestras vidas

 

Al terminar el año litúrgico con la fiesta de Cristo Rey y al comenzar a prepararnos para las celebraciones de Navidad y para vivir este tiempo especial que nos sugiere ideas y sentimientos llenos de nobleza, vale la pena abrir nuestros corazones y nuestros pensamientos a los valores humanos, sociales y espirituales que nos ofrece este tiempo especial de gracia.

Frente a una sociedad enferma que padece males muy dolorosos, como la pobreza, la injusticia y la violencia; males que tienen raíces muy profundas, deficiencias serias en la educación y en la evangelización, corrupción y mentira en diversos sectores de nuestra sociedad.

¿Qué podemos hacer de cara a esta preocupante realidad que estamos viviendo? Tenemos una sociedad enferma, en la que por momentos da la impresión que son las fuerzas del mal, las que tienen la última palabra. Nuestra postura y nuestra intensión han de ser siempre positivas y dinámicas, buscando poner el bien, sobre todo ahí donde es más fuerte el mal.

Frente a las fuerzas del mal, como son la mentira, la corrupción, la violencia y diversos atropellos, sembremos la verdad y la justicia, el amor, la solidaridad y la paz, para que el Reino sea una realidad en nuestros corazones

Sin duda, podremos unirnos todos en este importante objetivo, sin importar las diferencias sociales, económicas o de otra índole, ya que nos urge a todos que predominen en nuestra sociedad y en sus estructuras la verdad y el bien, la vida y la justicia, la paz, el amor y la solidaridad.

Es cierto que estos valores no se consiguen de la noche a la mañana, ni aparecen por arte de magia; pero vale la pena ir sembrando las semillas en cada corazón, en cada familia, desde la fe de quienes somos creyentes, pero también desde las más nobles ideas y convicciones de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, que habitamos en esta porción del suelo veracruzano y mexicano.

 En realidad, se trata de poner lo mejor de nosotros mismos, de sembrar el bien, de unir fuerzas para construir unidad y vida comunitaria; no podemos encerrarnos en nosotros mismos frente a los problemas y dificultades, no podemos desesperarnos, ni quedarnos con los brazos cruzados, esperando que otros cambien la sociedad.

Los católicos celebramos este domingo a Cristo Rey del universo, una de las fiestas más importantes del calendario litúrgico, que nos invita a abrirnos al bien y a Dios mismo, para construir su reino en nuestras vidas y en la sociedad de este tiempo; todos soñamos con un ambiente donde haya verdad y vida, donde florezcan el bien y la santidad; un reino de la gracia, de justicia, de amor y de paz.  Amigos todos, les deseo una semana feliz al lado de sus seres queridos.

 

Juan Navarro Castellanos / Obispo de Tuxpan

 

Solemnidad de Cristo Rey

Con la fiesta de Cristo, Rey del universo, concluye el año litúrgico; durante él hemos ido haciendo memoria de cuanto Dios ha hecho por nosotros y pudimos, por medio de las celebraciones de cada semana, sentirnos agradecidos con él.

Tenemos buenos motivos para festejar el reinado de Cristo, que inició cuando venció su muerte con su resurrección gloriosa, y que terminará cuando aniquile toda muerte, y claro también la nuestra. Pero nuestra alegría sería tan inútil como nuestras esperanzas, si no nos preguntáramos si, de verdad, queremos pertenecer a ese reino de Cristo.

Hoy nuestra celebración, es cierto, tiene que llevarnos a reconocer lo grande que Dios ha estado con nosotros, durante este año, a pesar de las preocupaciones y las muertes por el Covid-19; sin olvidar, como nos insinúa la Palabra de Dios, que aún debemos responder ante él por tanta bondad recibida. Aceptar a Cristo como nuestro Rey nos invita a disponernos a hacer su voluntad; esperar su reino como nuestra heredad nos impone, más que la nostalgia de lo que esperamos, el cumplimiento de lo que él quiere de nosotros.

Jesús mismo se lo advirtió a sus discípulos. Con una imagen sugerente, la del pastor que dispone con absoluta libertad de su rebaño, nos ha advertido cómo piensa ser Rey del universo: empezará a reinar cuando acabe de juzgar; con una decisión suya establecerá la suerte definitiva de los suyos. Llegará el día en que Jesús decidirá cómo va a ser Dios para nosotros: ‘separará unos de otros, como el pastor separa ovejas de carneros, y pondrá las ovejas a su derecha y los carneros a su izquierda’.

Cierto que no es agradable tener que contar con alguien, que tiene tanto poder sobre nosotros como para fijar irrevocablemente la posición de Dios a nuestro respecto; pero saberlo de antemano nos da la posibilidad de prepararnos a ese momento decisivo: vivir sabiendo hoy que un día responderemos de nuestra vida ante Cristo es el modo de ser ya súbditos suyos; avisados como estamos, no tenemos por qué esperar el día del juicio para sabernos preferidos o rechazados por nuestro Rey y Pastor; nos basta tomar en serio su voluntad hoy y, cumpliéndola, ponernos a su servicio.

Celebrar el reino de Cristo nos ha de llevar, pues, a confesarlo, a quererlo, como nuestro Juez, aquél que va a decidir si Dios será nuestro porvenir, si estar con él será nuestro destino final o si nuestra desgracia será quedarnos para siempre sin Dios y sin reino.

Tendríamos que ser un poco más conscientes en nuestra vida de fe y en su celebración dominical: tener a Cristo como Rey supone hoy, sí, poder sentirse por él acompañados y de él guiados siempre; pero implica, asimismo, tener que responder ante él y hacer su voluntad.

El gozo de saber que nos ha prometido no reinar sin nosotros. Nos invita a obedecerle en todo lo que nos pida. No hay otro modo de asegurarnos un puesto junto a Dios, en su reino: quien no es hoy seguidor de Dios, no puede soñar en ser ciudadano un día de su reino. Quizá no nos estemos dando cuenta de lo mucho que arriesgamos: el rechazo de Dios puede ser nuestro porvenir, el peor de los tormentos, porque sería para siempre.

Nos convendría, pues, tomar más en serio lo que nos estamos jugando. Con la intención de ayudarnos en el discernimiento, Jesús ha querido adelantarnos los criterios que van a guiar su juicio: están indicadas en el diálogo que el rey de la parábola mantiene con sus siervos convocados a juicio.

Y es sorprendente que no se nos vaya a preguntar si hemos amado siempre, o mucho, a Dios, si hemos seguido a Cristo con lealtad o, al menos, hemos vuelto a él siempre que le dejamos; Cristo no preguntará si nos hemos interesado por él durante nuestra vida; nos preguntará si nos han interesado los más pequeños de sus hermanos; no le importará lo mucho que le necesitamos, y cuánto le hemos echado de menos.

Preguntará si hemos cumplido con los más necesitados; si supimos dar de comer al hambriento y de beber al sediento, convencidos de que al ser solidario con ellos lo servíamos a él.

No seremos juzgados por los sentimientos y los buenos propósitos de nuestro corazón, si no sólo por lo que hayamos hecho a nuestros hermanos más pequeños. El haberlo hecho nos salvará; y lo contrario nos dejará fuera del premio eteerno.

No son obras extraordinarias las que decidirán si Dios es nuestro porvenir; porque dar agua al sediento y vestido al desnudo, visitar al enfermo lo mismo que al encarcelado, son cosas que están a nuestro alcance todos los días y varias veces; nos pueden parecer demasiado ordinarias como para reparar en ellas; tal vez son demasiado comunes como para gastar nuestro tiempo en ellas.

Y, sin embargo, su sola práctica nos hará ciudadanos del reino y su simple omisión nos privará de Dios: la salvación o la condena, Dios o su ausencia total, dependen de nuestra misericordia, no de la que pudimos sentir en el corazón, sino de la que supimos hacer con las manos. Y no deja de ser curioso que los justos no supieran que la misericordia que ejercían con el prójimo más necesitado se la estaban haciendo a su Señor en persona; de la misma forma, cuantos se negaron a ayudar a los demás no podían saber que se la negaban a Dios.

La ignorancia no les robó el triunfo a los buenos, pero tampoco les ahorró la condena a los malos; podemos, incluso, imaginarnos bien la sorpresa de unos y otros: ‘¿cuándo, Señor, te vimos?’; pero si su ignorancia no influyó en la decisión del juez, mucho menos podremos nosotros, que ya lo sabemos de boca de Jesús, hacernos los sordos.

Queda muy claro que en aquel día Dios cuidará sólo de cuantos en sus días se preocuparon de los más desvalidos: ser misericordioso hoy con quien nos necesite, será nuestra salvación el día del juicio.

Puede muy bien ocurrirnos que, tras una vida de fidelidad a Dios y a su ley, hayamos olvidado dónde realmente teníamos que servirlo; puede ocurrimos que otros, menos practicantes que nosotros, se hayan ocupado más de Dios, ocupándose de los que nosotros desatendíamos.

En quienes hoy nos necesitan Dios nos está esperando; lo que hagamos a uno de los más pequeños e insignificantes, Dios lo considera hecho a sí mismo; si no queremos perdernos a Dios para siempre, hagamos de los que nos necesitan nuestro quehacer. Preparemos el juicio por venir y nuestro porvenir con Dios, haciendo el bien a quien lo necesita: aunque no veamos que se lo hacemos a Dios, él sí que lo toma en cuenta.

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