María Cristina y López Azuara

Los periodistas y la cultura

 


 

(Luis Soto / El Financiero). En febrero de 1983, un distinguido grupo de periodistas encabezado por Miguel López Azuara y Carlos Ferreyra Carrasco se hizo cargo de la Dirección General de Publicaciones y Bibliotecas, dependiente de la Subsecretaría de Cultura, cuyo titular era Juan José Bremer Martino; todos bajo las órdenes de don Jesús Reyes Heroles, secretario de Educación Pública en el principio del sexenio de Miguel de la Madrid Hurtado.

 

Un par de semanas antes, el 22 de enero de aquel año, los mencionados periodistas habían sido cesados en sus responsabilidades como director general y director general adjunto, respectivamente, de Notimex, la agencia de noticias que en esa época estaba sectorizada en la Secretaría de Gobernación, con Manuel Bartlett Díaz como titular, quien ordenó de manera intempestiva y fulminante que López Azuara y Ferreyra Carrasco fuesen despedidos. Junto con ellos salió también un numeroso grupo de colaboradores de la agencia que no esperaron el despido sino que renunciaron en masa en solidaridad profesional y personal con sus jefes.

 

Después de la draconiana expulsión ordenada por Bartlett, el secretario de Educación Pública Jesús Reyes Heroles acogió a los periodistas en su dependencia y les encomendó la tarea de construir una biblioteca en cada municipio del país en el transcurso del sexenio 1982-1988 y editar libros de calidad, en tiradas masivas y a precios accesibles.

 

De esa orden, puntualmente cumplida por don Miguel -como sus compañeros llamaban al director general de la agencia- y por el Jefe Ferreyra, como era conocido el director adjunto, surgió el Plan Nacional de Bibliotecas de la SEP y la benemérita colección de libros titulada Lecturas Mexicanas, que puso al alcance de toda la población del país, en entregas semanales a la venta en librerías y puestos de periódicos, las obras más importantes de la literatura nacional en cien títulos con tiradas que llegaron a cien mil ejemplares cada uno.

 

Una importante oficina, denominada Unidad de Divulgación Cultural, tenía entonces a su cargo la cuasiexclusividad de la promoción y difusión de los programas institucionales de la Subsecretaría de Cultura, y quienes conducían los destinos de dicha Unidad se veían a sí mismos como una intocable e inaccesible aristocracia de la Cultura -¡con mayúscula!-, de manera que no pasó mucho tiempo para que crearan una barrera de displicencia y lejanía entre ellos -los cultos- y los recién llegados periodistas, a quienes despreciaban como advenedizos arribistas de la cultura.

 

El menosprecio de los divulgadores oficiales de la cultura de la SEP pronto trascendió mediante una frase que es útil recordar ahora. Decían los cultos a quien quisiera escucharlos, refiriéndose al grupo de los nuevos funcionarios de la Dirección General de Publicaciones y Bibliotecas:

 

“¡Periodistas! ¿Pero qué saben los periodistas de cultura, de edición de libros y de bibliotecas?”.

 

Hasta aquí la anécdota de 1983, cruel y dura como la vida misma.

 

Ayer, jueves 4 de octubre de 2012, María Cristina García Cepeda, la directora de aquella Unidad de Divulgación Cultural de la Subsecretaría de Cultura de la Secretaría de Educación Pública en el lejano año de 1983, fue designada por el presidente electo Enrique Peña Nieto como coordinadora de Cultura en el Equipo de Transición.

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