Dra. Zaida Alicia Lladó Castillo

Nuestros vecinos del norte, están en pleno proceso electoral para elegir a su Presidente para el periodo 2012-2016. Pero lo hacen no a través de una elección directa como lo acostumbramos los mexicanos, sino a través de una elección indirecta. Y esto es derivado del sistema político que a ellos rige, para algunos antidemocrático, pero tan respetable como el de cualquier otro país, no dejando desde luego de exhibir en éste  su estilo pragmático más que liberal, que les caracteriza.

Cada día martes, que se intercale entre el 2 y el 8 de Noviembre de cada año bisiesto (que en este caso si las cuentas no fallan será el 6 de noviembre próximo y después de casi 21 meses de campaña), los ciudadanos estadounidenses habrán de  votar por sus candidatos a la presidencia (vía terceras personas). Es decir, en esa fecha  nombran, a quienes los habrán de representar en la Asamblea electiva o Colegio electoral del mes de diciembre, y es en éste, donde los 538 delegados a la Asamblea, votan y eligen al próximo Presidente y Vicepresidente de los EEUU (ticket[1]), por un período de 4 años, con posibilidad de una sola reelección.

Un candidato necesita al menos 270 votos para ser elegido.  Lo que se traduce en la mitad de esos 538 (es decir,  269 + 1 escaños). De darse el caso de que ninguno de los candidatos obtenga más de 270 votos electorales, el Congreso decide quién será el nuevo Presidente. La combinación de congresistas les da derecho a un voto por Estado y una simple mayoría da un ganador. Y una vez cubierta esta fase decisoria, el 20 de enero del año siguiente al de la elección, el Presidente jura el cargo en las escaleras del Capitolio ante el Presidente del Tribunal Supremo e inicia oficialmente su mandato.

Pero, un país que se dice democrático, ¿por qué rompe (aparentemente) con dos principios fundamentales de la democracia: el respeto a la voluntad popular y la participación ciudadana?

El primero, porque con un sistema indirecto de votación, no certifica ni da importancia al valor de una decisión libre e individualizada, porque el voto del ciudadano se diluye al diferirlo a un representante que gana por una mayoría de votos estatal y que es el que llevara su sentir al Colegio Electoral. El segundo, porque siempre desalienta la participación ciudadana, el que un candidato una vez obtenido el triunfo de los estados aliados más fuertes, asegure desde ese momento el triunfo. Es decir el triunfo ya esta intuido. Eso permite que un candidato llegue a ser Presidente de los Estados Unidos, sin tener el voto mayoritario de los ciudadanos de un país, lo que es desalentador por donde se le vea.

Por ejemplo, recordemos lo que sucedió en el año 2000 cuando Bush ganó las elecciones; éste ganó con menos votos (desde los estados) que Gore, pero ganó por el retraso del recuento dudoso del estado de Florida, que decidió la elección y  tuvo los votos cualitativamente importantísimos del Tribunal Supremo (lo que es aquí el TRIFE), que la calificó y le dio el triunfo (para muchos injusto). Increíblemente, George Bush tuvo 50.459.211 votos, (271 electores)  y Al Gore: 51. 003.894 votos (266 electores). [2]Porque repito, desde el momento que un determinado partido gana la mayoría de los delegados en su estado, se sabe ya hacia dónde se dirigirá ese voto en la Asamblea y se sabe también de antemano, que esa tendencia y triunfo se tendrá que respetar[3].

Por eso durante sus campañas, los candidatos,  se empeñan en ganar en los Estados más reñidos donde ven que la elección será más competida, asegurando cada candidato sus feudos estatales particulares (donde ya su partido es poder o tiene mayoría en el congreso, lo que se vale), y concentrando sus esfuerzos en los Estados complicados donde aplican todas sus estrategias negociadoras y publicitarias para convencer. Algunos críticos del sistema estadounidense comentan, que los candidatos en una campaña,  no están pensando en ganarse la voluntad ciudadana del conjunto nacional, sino que al focalizar el esfuerzo, dan importancia sólo a los estados más complicados con los que puede ganar, olvidando a los demás.

Y cualquiera de nosotros preguntaría: ¿y hay emoción en todo esto? Si, sin duda muy a la Americana. Porque el día de la elección los candidatos esperan la respuesta en votos por estado y eso pone de nervios a cualquiera. Las votaciones estatales, empieza muy temprano en la costa oriental de Estados Unidos y terminan en Hawai, lo cual significa que cuando se ha iniciado el escrutinio y se conocen los resultados de una parte del país, otra parte aún mantiene abiertos los colegios electorales y eso es lo que hace emocionante la elección.

Luego entonces, el sistema político de los Estados Unidos de Norteamérica, tiene en la practicidad la base de su éxito y con ello conserva la estabilidad del sistema político y económico estadounidense. Porque por una parte, la simplificación de constituir un Colegio Electoral con delegados, hace que el manejo de la elección sea de los más simple y sencilla. Por otra parte, el gasto en campañas ( aunque son muchos meses) son más controlables, porque son dirigidas a dos partidos únicamente; así mismo, se reduce la posibilidad de problemas poselectorales, porque las elecciones son calificadas en los estados con las mayorías obtenidas y los votos opositores sumados, lo que no deja duda del resultado y los partidos los aceptan; luego entonces, al Colegio Electoral no le representa complicación el calificar una elección, porque ya llega a éste prácticamente un ganador y lo ratifica en esa instancia. En suma, el evitar un problema poselectoral, permite conservar la tranquilidad, mantener la confianza financiera y no pone en riesgo la imagen y prestigio del país, ni en lo interno ni en lo externo. A eso yo le llamo ser práctico y eficiente.

No como sucede en nuestro país, que cuando hay elección presidencial, se utilizan todas las artimañas ofensivas y de descalificación, primero desde las internas y después ya en las campañas; y desde ese momento la desconfianza empieza a crecer. Pero todos lo hacen y nadie se salva.

Así mismo, tenemos que sostener económicamente instancias burocráticas: electorales, de “ciudadanos” y poselectorales (recurrir al “vigilante” del “vigilante”), para que un perdedor quede satisfecho (y a veces ni eso se logra).

Y, aun con todo y eso, los mismos partidos no respetan un resultado, el perdedor adopta el papel de víctima y pone en duda el resultado y la actuación de los árbitros electorales, alentando la desconfianza hacia las instituciones y provocando efectos de desánimo avieso, en una buena parte de los mexicanos.

A eso yo le llamo ser perverso e ineficiente.

Y es que el sistema electoral de nuestro país, además de lo complicado que le resulta mantener una estructura electoral efectiva y controlar un padrón de 84,064,087 mexicanos, que representan el 74.8% de la población del país (que asciende a 112,336,538 ), tiene que vencer algo que es muy grave: derrotar la desconfianza mutua y el descrédito , que los enemigos de México fomentan en cada elección sobre nuestro sistema electoral y político; no obstante que a muchos nos consta, que éste es sin duda uno de los mejores del planeta.  Y esa actitud, le cuesta al país dinero, credibilidad y certidumbre al interior y al exterior.

Y volviendo al tema de Obama—vs—Romney , a todo esto, ¿cómo van las tendencias a dos semanas de las elecciones estatales?

Hay diversos pronósticos de acuerdo a las encuestas. Y aunque algunas nacionales, demuestran que la elección ya se le complicó al Presidente Obama,  de las diez más recientes, una pone a éste un punto arriba de Romney dentro del margen de error. Otra muestra a Romney y Obama empatados con 45% de las preferencias y 10% de indecisos. Cinco encuestas reportan a Romney arriba de Obama por un punto porcentual, dentro del margen de error. Finalmente, tres sondeos colocan a Romney con una ventaja de tres puntos sobre Obama, ya fuera del margen de error.

Sin embargo las encuestas estatales ponen a Obama a la cabeza, y si eso es cierto, significaría que éste va arriba en el Colegio Electoral, pero atrás en el voto popular—, por lo tanto la probabilidad de que triunfe es alta y entonces el Presidente ganaría otro periodo de gobierno, después de una noche electoral, que seguramente se espera  muy larga.

En síntesis, el sistema político estadounidense puede tener sus bemoles y ser perfectible, pero de que les funciona,  les funciona. Y,  una vez pasada la elección, todos son “estadounidenses” y se mantienen unidos defendiendo a su país frente al mundo.

Ojalá ese principio de unión, identidad y objetividad política, lo tuviéramos permanentemente los mexicanos. Eso nos permitiría por mucho, ser más productivos y eficientes como país, que cualquier otro.

 

 


[1] La pareja o fórmula de candidatos se conoce con el nombre de ticket.

[2] García, Eloy, Sistema electoral en USA, Derecho constitucional, Universidad Sergio Arboleda, Bogotá Colombia.

[3] Romper esta norma está castigado en la mayoría de los estados con sanciones administrativas y excepcionalmente, con penas de cárcel.

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