El arte de la politíca

 

Por Federico Reyes Heroles


En su primer mensaje el presidente Peña Nieto menciona a su contrincante Josefina Vázquez Mota. Desaparecen las puyas o cualquier rastro de encono. En entrevista a Reforma repite su tesis: «Lo que propongo es un cambio de mentalidad». Hay en sus palabras asuntos espinosos, abrir competencia en TV, banda ancha y telefonía. No asoma ninguna crítica con nombre y apellido, esa versión simplista en que la maldad de los hombres es la responsable de la concentración económica. El titular de Hacienda comparte la sal con los líderes camerales en conocido comedero político. El secretario de Relaciones Exteriores come con los líderes del Senado, después se pasean por la renovada Alameda, todo en plena tormenta legislativa. El líder priista en la Cámara de Diputados departe públicamente con Josefina Vázquez Mota. El titular de Gobernación se reúne con líderes senatoriales de las principales fuerzas políticas del país.

El presidente Peña acude al informe del presidente de la SCJN y, ante el justificado reclamo de su titular por los múltiples denuestos en contra del Judicial de los últimos años, Peña responde con palabras no sólo amables sino incluso elogiosas para los ministros. Come con ellos y regresa caminando a Palacio. Al día siguiente, en ese mismo sitio, uno de los símbolos de la República, pasa varias horas con el jefe de Gobierno. Hablan de los asuntos metropolitanos y después pasean por Palacio. Mancera declara que ve disposición. Los nombramientos en cascada en las subsecretarías de Gobernación, Educación, Energía, Desarrollo Social o los propios subprocuradores, están salpicados de mensajes de pluralidad. Por ninguna parte huele a antipanismo, antiperredismo, ni antinada. El Presidente promete leer los libros que le regala Citlali Salas de 12 años. Acude al Teletón. Las designaciones en una de las áreas más sensibles, la cultura, recaen en profesionales probados. Hay amplia aceptación tácita. Anécdotas, estilo personal o quizá algo mucho más profundo: cuatro semanas del retorno de la política.


¿Profesión, oficio, arte? La política goza en nuestro país de muy mala fama. Es conocido que los legisladores y los partidos políticos aparecen en el sótano de la credibilidad ciudadana. La corrupción, el cinismo, el arribismo, el amiguismo y muchos otros expedientes se han encargado de fincar ese desprestigio. Pero la política es una actividad humana en que se plasma el acuerdo civilizatorio básico: la convivencia de los diferentes. Hacer política es anteponer los buenos oficios, las buenas maneras -de las que hablaba Gramsci- en todo momento. Los encuentros públicos de los políticos, una comida por ejemplo, son relevantes porque muestran lo que comúnmente llamaríamos educación. Pero detrás de esa palabra hay un mar de profundidad. Norbert Elías, ese gran sociólogo y filósofo alemán, centra su tratado sobre el proceso civilizatorio en la autocontención que se muestra en los gestos, las actitudes y la palabra como la principal herramienta para facilitar el entendimiento.


No se trata de defender los buenos modales por sí mismos. Pero el cuidado de las formas es, para los políticos que se dicen profesionales, un deber. Si un Presidente utiliza palabras soeces para referirse a sus adversarios -así sea en privado y con sus colaboradores- en los peldaños más bajos de las burocracias los denuestos serán imparables. Los políticos tienen en sus actos cotidianos una enorme responsabilidad pedagógica. La exposición pública concerniente a sus cargos proyecta una forma de hacer las cosas, una forma de convivir. Un discurso que resalta las diferencias o que personaliza los asuntos, como lo hemos vivido en los últimos años, entorpece la obtención de acuerdos. Ese es el mal mayor.

Ver al Presidente reunirse con gobernadores de oposición, con los líderes de oposición, no debería asombrarnos. Ese debiera ser el comportamiento sistemático en una democracia plural e incluyente. El presidente Peña Nieto y su equipo enfrentan muchos retos y reformas necesarias. Pero el éxito de su gestión depende, en buena medida, del rescate de la política. El veneno de la «mafia del poder», de «los ricos», «los poderosos» y el fomentado rencor panista de los setenta años de oprobio, mellaron las buenas maneras. También los priistas como opositores cayeron en actitudes destructivas del acuerdo civilizatorio que subyace en toda democracia. Entramos a una nueva fase.


La recuperación de la política como la mejor manera de lograr acuerdos se muestra ya en los resultados, esos son los que importan: pacto, reforma laboral, ley de contabilidad, ley orgánica de la administración, paquete fiscal, nueva ley de transparencia y reforma educativa de fondo, todo con consensos muy amplios. La política paga a México. Ese oficio no debe quedar en impulso inicial, debe ser propósito cotidiano. Bienvenida la profesión, el oficio, el arte de la política al servicio del entendimiento. Todos, incluidos los opositores, saldremos ganando.


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