Bendito el que viene en nombre del Señor

 

El Domingo de Ramos es la gran puerta que nos introduce a la Semana Santa, la semana en la que el Señor Jesús se dirige hacia la culminación de su vida terrena.

Sabemos por los evangelios que Jesús se había encaminado hacia Jerusalén con los doce, y que poco a poco se fueron sumando a ellos una multitud creciente de peregrinos. San Marcos nos dice que ya al salir de Jericó había una “gran muchedumbre” que seguía a Jesús (cf. 10,46).

Jesús llegó a Jerusalén, y desde el monte de los Olivos envió por delante a dos discípulos, pidiendo que le trajeran un asno, que encontrarían a lo largo del camino.

Después cortaron ramas de los árboles y comienzan a gritar y aclamar las palabras del Salmo 118: «¡Hosanna!, bendito el que viene en el nombre del Señor. ¡Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!» (vv. 9-10).

Esta alegría festiva, transmitida por los cuatro evangelistas, es un grito de bendición, un himno de júbilo: expresa la convicción unánime de que, en Jesús, Dios ha visitado su pueblo y ha llegado por fin el Mesías esperado por la humanidad.

Que el Domingo de Ramos sea para ustedes jóvenes el día de la decisión, que conduce a la verdadera alegría, como sucedió con santa Clara de Asís que, hace ochocientos años, fascinada por el ejemplo de san Francisco dejó la casa paterna precisamente el Domingo de Ramos para consagrarse al Señor: tenía 18 años, y con profunda fe y amor optó por Cristo, encontrando en él la alegría y la paz.

No es de extrañar que, pocos días después, esa muchedumbre de Jerusalén, que aclamaron a Jesús el domingo de Ramos en su entrada triunfal, ellos mismos le gritaron a Pilato: «¡Crucifícalo!». Y los mismos discípulos, y otros que le habían visto y oído, permanecieran mudos y desconcertados. En efecto, la mayor parte estaban desilusionados por el modo en que Jesús había decidido presentarse como Mesías y Rey de Israel.

Ante Cristo – decían los Padres de la Iglesia –, debemos poner nuestra vida, nuestra persona, en actitud de gratitud y adoración. San Andrés, obispo de Creta decía: «Nosotros deberíamos postrarnos a los pies de Cristo, no poniendo bajo sus pies nuestras túnicas o unas ramas, que muy pronto perderían su verdor y su aspecto agradable, sino revistiéndonos de su gracia.

Así debemos ponernos a sus pies como si fuéramos unas túnicas…. Repitamos cada día aquella exclamación que los niños cantaban, mientras agitamos los ramos espirituales del alma: “Bendito el que viene, como rey, en nombre del Señor”. Amén.

 

+ Juan Navarro Castellanos

Adm. Apostólco de Tuxpan

 

BENDITO EL QUE VIENE EN NOMBRE DEL SEÑOR

El Domingo de Ramos es la gran puerta que nos introduce a la Semana Santa, la semana en la que el Señor Jesús avanza hacia la culminación de su vida terrena. Él va a Jerusalén para cumplir las Escrituras y para morir en la cruz, desde donde reinará por los siglos, atrayendo hacia el a la humanidad de todos los tiempos y ofrecer, a todos, el don de la redención.

Sabemos por los evangelios que Jesús se había encaminado hacia Jerusalén con los doce, y que poco a poco se había ido sumado a ellos una multitud creciente de peregrinos. San Marcos nos dice que ya al salir de Jericó había una «gran muchedumbre» que seguía a Jesús (cf. 10,46).

Júbilo de la gente

Como hemos escuchado en el Evangelio de hoy (cf. Mc 11,1-10), Jesús llegó a Jerusalén desde Betfagé y el monte de los Olivos. Desde allí, envía por delante a dos discípulos, mandándoles que le trajeran un asno que encontrarían a lo largo del camino. Después cortan ramas de los árboles y comienzan a gritar las palabras del Salmo 118: «¡Hosanna!, bendito el que viene en el nombre del Señor. ¡Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!» (vv. 9-10).

Esta alegría festiva, transmitida por los cuatro evangelistas, es un grito de bendición, un himno de júbilo: expresa la convicción unánime de que, en Jesús, Dios ha visitado su pueblo y ha llegado por fin el Mesías deseado. Se cumple la promesa de la bendición de Dios, la promesa originaria que Dios había hecho a Abraham, el padre de todos los creyentes: «Haré de ti una gran nación, te bendeciré… y en ti serán benditas todas las familias de la tierra» (Gn 12,2-3).

Es la promesa que Israel siempre había tenido presente en la oración, especialmente en la oración de los Salmos. Por eso, el que es aclamado por la muchedumbre como bendito es al mismo tiempo aquel en el cual será bendecida toda la humanidad.

Una mirada de bendición

Podemos descubrir aquí un primer gran mensaje que nos trae la fiesta de hoy: la invitación a mirar de manera justa a la humanidad entera, a cuantos conforman el mundo, a sus diversas culturas y civilizaciones. La mirada que el creyente recibe de Cristo es una mirada de bendición: una mirada sabia y amorosa, capaz de acoger la belleza del mundo y de compartir su fragilidad.

En esta mirada se transparenta la mirada misma de Dios sobre los hombres que él ama y sobre la creación, obra de sus manos. “Te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste. Tú eres indulgente con todas las cosas, porque son tuyas, Señor, amigo de la vida” (Sb 11,23-24.26).

Volvamos al Evangelio de hoy y preguntémonos: ¿Qué late realmente en el corazón de los que aclaman a Cristo como Rey de Israel? Ciertamente tenían su idea del Mesías, una idea de cómo debía actuar el Rey prometido por los profetas y esperado por tanto tiempo. No es de extrañar que, pocos días después, la muchedumbre de Jerusalén, en vez de aclamar a Jesús, gritaran a Pilato: «¡Crucifícalo!». Y que los mismos discípulos, como también otros que le habían visto y oído, permanecieran mudos y desconcertados. En efecto, la mayor parte estaban desilusionados por el modo en que Jesús había decidido presentarse como Mesías y Rey de Israel.

¿Qué significa Jesús para nosotros?

Se trata del núcleo central de la fiesta de hoy también para nosotros. ¿Quién es para nosotros Jesús de Nazaret? ¿Qué idea tenemos del Mesías, qué idea tenemos de Dios? Esta es una cuestión crucial que no podemos eludir, sobre todo en esta semana en la que estamos llamados a seguir a nuestro Rey, que elige como trono la cruz; estamos llamados a seguir a un Mesías que no nos asegura una felicidad terrena fácil, sino la felicidad del cielo, la eterna bienaventuranza de Dios.

Preguntémonos: ¿Cuáles son nuestras verdaderas expectativas? ¿Cuáles son los deseos más profundos que nos han traído hoy aquí para celebrar el Domingo de Ramos e iniciar la Semana Santa? Que el Domingo de Ramos sea para los jóvenes el día de la decisión, la decisión de acoger al Señor y de seguirlo hasta el final, la decisión de hacer de su Pascua de muerte y resurrección el sentido mismo de su vida de cristianos. “alégrense siempre en el Señor” (Flp 4,4).

Jóvenes acojan a Jesús

Esta es la decisión que conduce a la verdadera alegría, como sucedió con santa Clara de Asís que, hace ochocientos años, fascinada por el ejemplo de san Francisco y de sus primeros compañeros, dejó la casa paterna precisamente el Domingo de Ramos para consagrarse totalmente al Señor: tenía 18 años, y tuvo el valor de la fe y del amor de optar por Cristo, encontrando en él la alegría y la paz.

Que reinen en todos, particularmente en este día, dos sentimientos: la alabanza, como hicieron aquellos que acogieron a Jesús en Jerusalén con su «hosanna»; y el agradecimiento, porque en esta Semana Santa el Señor Jesús renovará el don más grande que podemos imaginar, nos entregará su vida, su cuerpo y su sangre, su amor.

Corresponder con el don de nosotros mismos

Pero a un don tan grande debemos corresponder con el don de nosotros mismos, de nuestro tiempo, de nuestra oración, de nuestro estar en comunión de amor con Cristo que sufre, muere y resucita por nosotros. Los antiguos Padres de la Iglesia han visto un símbolo de todo esto en el gesto de la gente que seguía a Jesús en su entrada a Jerusalén, el gesto de tender los mantos delante del Señor.

Ante Cristo – decían los Padres –, debemos poner nuestra vida, nuestra persona, en actitud de gratitud y adoración. San Andrés, obispo de Creta decía: “Así es como nosotros deberíamos postrarnos a los pies de Cristo, no poniendo bajo sus pies nuestras túnicas o unas ramas, que muy pronto perderían su verdor y su aspecto agradable, sino revistiéndonos de su gracia”.

Así debemos ponernos a sus pies como si fuéramos unas túnicas…. Repitamos cada día aquella exclamación que los niños cantaban, mientras agitamos los ramos espirituales del alma: “Bendito el que viene, como rey, en nombre del Señor”. Amén.

 

 

 

 

 

 

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