Mensaje del Obispo de Tuxpan: Jesús camina con nosotros

 

El evangelio nos cuenta que dos discípulos huyeron del grupo que seguía a Jesús. Si murió el Maestro, entonces ya no hay a quien seguir. Y, mientras caminan desalentados, alguien se une y camina con ellos. A su voz, hecha de tristeza y derrotismo, se une la voz amiga, que les dirige una palabra al corazón, y entra el sol en las vidas de aquellos dos discípulos que estaban huyendo.

Es un hermoso camino de ida y también de vuelta, de regreso a una vida con rumbo, con ilusión y con futuro. Se trata de un envidiable camino espiritual, un camino que va de la noche oscura a la luz resplandeciente de Dios.  Qué bien nos conducen los símbolos de esta historia: el camino, la hospitalidad -quédate con nosotros- el partir el pan, el abrirse los ojos.

De entrada, pensemos en tantos hombres y mujeres de nuestro mundo de hoy que han perdido la ilusión, que caminan sin saber hacia dónde, que tienen la sensación de que su vida es un camino sin rumbo y sin sentido.

Han matado a Jesús, cuando ellos esperaban que se convirtiera en un libertador de su pueblo. Junto a este fracaso, aparece una ligera ilusión: sí, unas mujeres dicen que ha resucitado, pero a él no le han visto. “Nosotros creíamos, pero nada ha sucedido…”, repiten desangelados.

Y de pronto Jesús entra en su vida, se pone a caminar a su lado, disfrazado de forastero. Camina sencillamente con ellos; nada de deslumbrarles para ganárselos; comienza preguntándoles y se va introduciendo amistosamente en los temas que venían pensando y en la vida de aquellos dos peregrinos de Emaús.

Y es así como les explica las Escrituras, el sentido del aparente fracaso, el porqué de su dolor y de su muerte. Al final del camino se deja invitar para sentarse con ellos a la mesa y partir con ellos el pan. Y el final fue feliz, como siempre que nos dejamos tocar por Jesús.

Se abrieron los ojos de aquellos dos discípulos, comenzó a arderles el corazón, se levantaron de la mesa, volvieron a su comunidad y comunicaron el gozo: “Era verdad, ha resucitado el Señor, lo hemos reconocido al partir el pan”.

Y el final fue feliz, como siempre que nos dejamos tocar por Jesús. Se abrieron los ojos de aquellos dos discípulos, comenzó a arderles el corazón, se levantaron de la mesa, volvieron a su comunidad y comunicaron el gozo: “Era verdad, ha resucitado el Señor, lo hemos reconocido al partir el pan”.

 

+ Juan Navarro Castellanos

Obispo de Tuxpan

 

JESUS CAMINA CON NOSOTROS

Caminar con Jesús

Es una bella historia la que nos cuenta el evangelio de hoy. Qué fuerza narrativa manifiesta el evangelista Lucas en esta escena. Se trata del Camino de Emaús, una aldea ubicada a ocho kilómetros de Jerusalén. Dos discípulos huyen de los suyos de siempre. Si se ha muerto el Maestro, entonces ya no hay a quien seguir, ¿a qué quedarse con los demás discípulos? Si esperaban un caudillo, un libertador del pueblo, ¿qué se puede esperar ahora cuando lo mataron y todo ha acabado en una sepultura?

Y, mientras lo dan todo por perdido, alguien se une y camina a su lado. A su voz, hecha de tristeza y derrotismo, se une la voz amiga, una voz de un desconocido, que levanta los ánimos; les dirigió una palabra al corazón, y entra el sol en el corazón de aquellos dos discípulos que estaban huyendo y alejándose de la comunidad de discípulos.

Es un hermoso camino de ida y también de vuelta, de regreso a una vida con rumbo y significativa, con ilusión y con futuro. Se trata de un envidiable camino espiritual, un camino que va de la noche oscura a la luz resplandeciente de Dios. 

Qué bien nos conducen los símbolos de esta historia: el camino, la hospitalidad -quédate con nosotros- el partir el pan, el abrirse los ojos. De entrada, pensemos en tantos hombres y mujeres de nuestro mundo que han perdido la ilusión, que caminan sin saber hacia dónde, que tienen la sensación de que su vida es un fracaso, un camino sin rumbo y sin sentido.

Acaso, dejaron la Iglesia, pero aún la recuerdan, hablan de Jesús de vez en cuando, pero lo sienten lejano y no tienen tiempo para pensar en cosas de Dios, ni para ir a la Iglesia; tampoco tienen calma para pensar en serio o para orar, aunque sea unos minutos; quién sabe si, en el fondo, una nostalgia anida en su corazón.

Profundicemos la Palabra

Nos fijamos en los tres personajes del camino: dos discípulos que escapan del grupo y huyen hacia su pueblo, sintiéndose fracasados, desconsolados, tristes y derrotados. Sólo la desilusión y el pesimismo les acompañan. Han perdido su fe y su esperanza en Jesús.

Lo han matado, cuando ellos esperaban que se convirtiera en liberador de su pueblo. Junto a este fracaso, aparece una ligera ilusión: sí, unas mujeres dicen que ha resucitado, pero a él no le han visto. “Nosotros creíamos, pero nada ha sucedido…”, repiten desangelados.

Y de pronto Jesús entra en su vida, se pone a caminar a su lado. Se disfraza de forastero encontradizo y camina sencillamente a su lado; nada de deslumbrarles para ganárselos. Comienza preguntándoles y se va introduciendo amistosamente en los temas que venían pensando y en la vida de aquellos dos peregrinos de Emaús.

Y es así como les explica las Escrituras: el sentido del aparente fracaso, el porqué de su dolor y de su muerte. Al final del camino se deja invitar para sentarse a la mesa y partir con ellos el pan. ¿Cómo no gustar estos verbos que decimos cada que celebramos la Eucaristía, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio?

Y el final fue feliz, como siempre que nos dejamos tocar por Jesús. Se abrieron los ojos de aquellos dos discípulos, comenzó a arderles el corazón, se levantaron de la mesa, volvieron a su comunidad y comunicaron el gozo: “Era verdad, ha resucitado el Señor, lo hemos reconocido al partir el pan”.

La realidad y la vida

Hay tantos hombres y mujeres, con los que caminamos cada día, que tal vez van envueltos en dudas y desilusiones, o quizás en angustias y fracasos. Unos se fueron de la casa y de la Iglesia donde, un día, fueron felices. Otros marchan apenados porque aquellas cosas en las que habían creído sinceramente no han llegado a su fin.

Cuántos repiten “nosotros creíamos” que la democracia, que la Iglesia iba a renovarse, que los nuevos medios, que tantos movimientos luchando por un mundo más justo… que tantas cosas iban a traer luz y progreso a la sociedad, que habría sintonía con el querer de Dios y una Iglesia más “llena de juventud y de limpia hermosura” (Pref Inmaculada), pero ¡qué lejos está todavía la meta!

Busquemos caminar de la mano con Jesús

No es hora de quedarnos en los “peros” sino de dejarnos acompañar por Jesús, de permitirle que camine con nosotros, o de buscarlo para caminar a su lado. Nunca nos dejemos atrapar por el afán desmedido de las cosas, del bienestar o del protagonismo y el poder.

Y, estando con él, procuremos leer y meditar su Palabra, abrir nuestro corazón para que pueda arder al experimentar su amor, sentarnos a la mesa y nutrirnos de su Cuerpo y su Sangre, que nos ofrece en cada Eucaristía. Hay que decidirse a invitar y acoger a Jesús, como lo hicieron aquellos dos discípulos: “Quédate con nosotros porque cae la tarde”.

Y, desde Jesús, entenderemos que la vida es siempre encuentro con los demás. No hay por qué sentirse solos, si Jesús camina a nuestro lado y, a nuestro lado, van también nuestros hermanos. Es cierto que en nuestra realidad hay gentes que generan problemas y situaciones negativas. Pero no olvidemos que el mal se va superando a base de bien; si generamos amor, fraternidad, participación, solidaridad; el mal comienza a ceder, aunque sea poco a poco.

Hay muchos que, tal vez en el caminar de sus vidas, perdieron la fe, pero no perdieron el amor. A ellos hay que comunicarles lo que hemos vivido con Jesús. Nos hacemos encontradizos, acompañamos, hablamos, nos sentamos con ellos.

Saber acompañar como Jesús

Jesús se une a nuestro camino cada día y nos anima; nosotros tenemos que hacer otro tanto con los demás, sobre todo con aquellos que caminan pesadamente, que han perdido el rumbo, que no saben a dónde van: una palabra de aliento, un gesto de optimismo puede levantar el ánimo y ayudar a recuperar la ilusión y las ganas de seguir adelante.

La actitud humilde del forastero, la sencillez del que sabe escuchar y preguntar, la conversación amistosa como Jesús caminante, son actitudes fundamentales para anunciar el evangelio. Al contrario: con tonos de superioridad moral, con aire de salvadores, con actitud cuestionadora nunca podremos proyectar adecuadamente nuestra fe, ni proclamar el anuncio gozoso: “Es verdad, el Señor ha resucitado”. No olvidemos que la Eucaristía es el momento de sentarnos a la mesa con Jesús. Por eso estamos aquí, para reconocer a Jesús al partir el pan.

 

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